No es la primera vez que Irán enfrenta protestas masivas. De hecho, las calles del país han sido ocupadas de manera recurrente por manifestantes, con episodios particularmente relevantes en 2009, 2017, 2019 y 2022, antes de la coyuntura actual. Usualmente existe un factor detonante, una chispa que enciende la llama: un tema político —como elecciones percibidas como fraudulentas—, económico —como la devaluación de la moneda— o social, como ocurrió con la muerte de Mahsa Amini a manos de la policía de la moral. A partir de ahí, las protestas suelen expandirse con rapidez y transformar una demanda específica en una exigencia más amplia: el fin del régimen. En la mayoría de los casos, el aparato del Estado iraní termina por reprimirlas y el régimen logra sobrevivir, a veces introduciendo cambios menores, pero poco más que eso. Esta vez, sin embargo, las circunstancias son distintas, tanto por factores internos como externos. Si ello anuncia un cambio de era para el país, es todavía demasiado pronto para afirmarlo. Aquí lo analizamos.

1. Debemos partir de que el momento que hoy vive Irán es profundamente distinto incluso al del último gran ciclo de protestas masivas de 2022. El régimen se encuentra en “modo de supervivencia”, como confesaron recientemente funcionarios iraníes al New York Times, en un contexto de fragilidad excepcional, quizá el más profundo desde su fundación en 1979.

2. Esto se explica, en primer lugar, por el colapso de su eje de alianzas regionales tras la guerra que, desde 2023, esta constelación de actores aliados ha sostenido contra Israel: Hamás, la Jihad Islámica, Hezbollah, las milicias proiraníes en Siria e Irak, los houthies en Yemen y el propio régimen de Assad en Siria. No es que todos estos actores desaparezcan —como Assad— o queden materialmente devastados —como Hamás o Hezbollah—; lo que colapsa es el llamado “aro de fuego”: la capacidad y disposición de ese eje para defender los intereses de Teherán bajo cualquier circunstancia, y, en paralelo, la capacidad de Irán de seguir respaldándolo y fortaleciéndolo.

3. En segundo lugar, el propio Irán se enfrentó directamente a Israel —y posteriormente a Estados Unidos— en una guerra de doce días que no solo merma su sistema de misiles, defensas e instalaciones nucleares, sino que exhibe de forma contundente la incapacidad del régimen para proteger los cielos del país. Por si esto fuera poco, Israel logra en cuestión de días decapitar al aparato de seguridad iraní, asesinando a ministros de defensa, altos mandos militares y asesores cercanos al Ayatola, revelando así el grado de penetración y vulnerabilidad del régimen frente a sus enemigos. Todo ello, inevitablemente, lo humilla y lo debilita.

4. En tercer lugar, asfixiado por sanciones y bloqueos internacionales, el país atraviesa un momento económico particularmente frágil, incluso más que en episodios previos que ya habían detonado manifestaciones masivas. A ello se suman, además, una profunda crisis energética y de agua. Todo esto, naturalmente, golpea de manera directa los bolsillos de la sociedad.

5. Estos factores se combinan con una percepción cada vez más extendida de que no existe una perspectiva real de cambio político en el horizonte. Incluso tras procesos electorales como el que llevó al poder al presidente actual —un reformista relativamente más cercano a las aspiraciones sociales—, lo que permanece es el mismo régimen autoritario: uno incapaz de procesar de manera efectiva las demandas de cambio político y social que la ciudadanía viene exigiendo, y que seguirá controlando los destinos del país.

6. Así, un solo detonante —el desplome de la moneda frente al dólar— basta para desatar la frustración de los comerciantes, que salen enfurecidos a las calles ante el impacto directo que ello tiene en sus ventas. A ellos se suman de inmediato trabajadores, estudiantes y muchos otros sectores de la sociedad, con las mujeres, una vez más, como una de las principales puntas de lanza de las manifestaciones.

7. Por último, y añadiendo gasolina al fuego, se suman las amenazas de un Trump empoderado, convencido de la eficacia total de las tácticas de fuerza que ha empleado y reforzado tras la captura de Maduro en Venezuela. Esta vez —dice Trump— Washington está apuntando y listo para defender a los manifestantes. Si el régimen mata iraníes, como lo ha hecho en el pasado, Estados Unidos atacará.

8. Todo ello explica que la respuesta inicial del régimen durante los primeros días de las protestas haya sido considerablemente más suave que en otras ocasiones: intentos de diálogo y negociación, ofertas de concesiones, gestos de empatía, entre otros. Nada de eso, sin embargo, logró contener la magnitud de las manifestaciones. Por el contrario, al percibirse la debilidad del régimen descrita anteriormente, sumada al respaldo explícito que Trump estaba ofreciendo y al peso de una palabra reforzada tras la captura de Maduro, el movimiento no hizo sino crecer y expandirse, como se ha observado en los últimos días.

9. Dicho lo anterior, el análisis debe hacerse con suma cautela e incorporar la reacción de los muy distintos actores e instituciones que conforman una arquitectura de poder compleja, y que en su mayoría se han beneficiado históricamente de las estructuras existentes.

10. Irán cuenta con instituciones electas por voto popular —como la presidencia y el parlamento—, pero también con una estructura paralela no electa, estrechamente subordinada al líder supremo, el Ayatola Alí Khamenei. En este segundo ámbito se encuentran el Consejo de Seguridad Nacional, el Consejo Guardián —que decide quién puede competir electoralmente y quién no— y, sobre todo, las Guardias Revolucionarias Islámicas: una suerte de ejército paralelo de más de 120 mil miembros, prácticamente al servicio del Ayatola. Su poder no se limita al plano militar, sino que se extiende a los rincones más profundos de la economía, con un control estimado superior al 50%. El sistema está diseñado precisamente para que el poder real permanezca en manos de instituciones no electas y leales al régimen. Así, los órganos más influyentes —religiosos, judiciales y de seguridad— no pasan por el voto popular y responden directa o indirectamente al Líder Supremo. A ello se suma, finalmente, una densa red informal de asesores, clérigos, familiares y empresarios que influyen en la toma de decisiones y consolidan al régimen. La lealtad de todos estos actores, formales e informales, constituye uno de los pilares centrales de su supervivencia.

11. El punto de partida, entonces, como ha ocurrido en otros momentos, es que estas estructuras de poder buscarán resistir a toda costa. Apenas hace unos días se tomó la decisión de que las Guardias Revolucionarias —y en particular las milicias Basij, conocidas por su brutalidad— se hicieran cargo de sofocar las protestas, recurriendo a los métodos violentos habituales y a los muchos años de experiencia que estos actores han acumulado en la represión interna.

12. Sin embargo, hay al menos dos elementos que hoy podrían marcar una diferencia. Primero, la magnitud actual de las protestas podría llevar a que al menos una parte de estos aparatos se niegue a disparar contra los manifestantes —como ocurrió en distintos momentos durante la Primavera Árabe en países como Túnez o Egipto— o incluso termine sumándose al movimiento. Segundo, el impacto que tendrían eventuales ataques de Estados Unidos, o incluso de Israel si llegara a involucrarse directamente en las hostilidades.

13. Así, el punto clave a seguir con especial atención en los próximos días tiene que ver con la aparición de posibles fracturas y deserciones al interior de los grupos de poder descritos anteriormente. Hasta el momento de escribir estas líneas, pese a la escala de las protestas y a las amenazas provenientes de Washington, no se observan divisiones ni señales de deslealtad dentro de las estructuras que sostienen al régimen.

14. Pero incluso si esto llegara a cambiar —ya sea por la incapacidad del régimen para sostenerse o por el impacto de una eventual intervención externa—, habrá que analizar con mucho cuidado quién cae, si es que cae, y qué piezas del régimen logran sobrevivir. La región ofrece numerosos ejemplos en los que ciertas fuerzas de poder “se suman” al movimiento, logrando presentar cambios cosméticos como transformaciones estructurales cuando en realidad no lo son, y terminan preservando el control —de formas distintas, pero control al fin—. La realidad es que, en este momento —que, como he señalado, sí debe reconocerse como diferente—, se abren múltiples escenarios que merecen ser considerados. En una colaboración posterior los abordaremos. Por ahora, seguiremos observando.

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