La presidenta se ha obstinado en abrir la puerta para que la consulta sobre la posible revocación del mandato se empalme con las elecciones intermedias. Como se ha escrito hasta la saciedad, es obvio que su intención es estar en las boletas de esa elección, confiando en que su popularidad (actual) arrastre el voto favorable hacia Morena en todos los cargos que estarán en juego. Quiere estar en esa elección para imantar a todas las demás y convertirse en el emblema y en la cabeza de esa nueva disputa por el poder. Se está equivocando de palmo a palmo.
La presidenta Sheinbaum decidió que su gobierno sería la continuación del anterior e incluso celebró, con una concentración masiva en el Zócalo capitalino, el séptimo año de la transformación iniciada en el 2018. Así que en el 2027 estaremos ya en el noveno año de esa gestión. Para bien y para mal, optó por atar sus decisiones a las que tomó su antecesor y, en consecuencia, la evaluación de sus resultados quedará marcada como una secuela de los obtenidos durante el sexenio previo. Al llegar las elecciones siguientes será imposible votar por lo que ha hecho este gobierno, pues él mismo ha preferido que la gente apruebe o desapruebe lo que ha entregado la 4T durante casi dos lustros.
Entre el 2018 y el 2027 no solo habrán pasado nueve años, sino un caudal de promesas que no se cumplieron, de esperanzas que se traicionaron y de proyectos que fracasaron. También han ocurrido cambios relevantes en la vida pública del país, algunos de ellos positivos, pero muchos otros destructivos. Además, han cambiado dramáticamente el entorno mundial y las formas de comunicación digital. De modo que quienes militan en la 4T no pueden seguir hablando y actuando como si estuviéramos al principio del triunfo indiscutible que obtuvo Andrés Manuel sobre los partidos tradicionales, al comienzo de ese ciclo. No es lo mismo los tres mosqueteros, que diez años después, diría el refrán.
De otra parte, con todo respeto, Claudia Sheinbaum no heredó el carisma que llevó a López Obrador a consolidarse como el líder indiscutible de la oposición a los gobiernos del PRI y del PAN (el PRIAN, en la versión obradorista). En mi opinión, ella tiene otras virtudes notables, pero no esa. Y tendrá que presentarse como la adalid que llama al pueblo de México a respaldarla contra todo y contra todos, a pesar de las cargas negativas que ya pesan sobre su partido y sobre buena parte de sus líderes y posibles candidatos futuros.
Y a todo eso debe sumarse la inseguridad que no cede, la presión de Estados Unidos y una larga lista de políticas fallidas a lo largo de nueve años: el desabasto de medicamentos, el retroceso en la educación pública, la corrupción arraigada y multiplicada, la falta de crecimiento económico suficiente, el fracaso de la política petrolera, los costos y el desastre ambiental que han generado las obras emblemáticas (el Tren Maya y la refinería de Dos Bocas, además del absurdo AIFA), y la terca realidad de una pobreza que, a despecho de los discursos, sigue lastrando a la sociedad.
No es lo mismo ratificar a un presidente que ha prometido transformar todo cuando apenas ha comenzado su sexenio, que entregarse a una presidenta que carga sobre sus hombros todos los saldos de lo que no se logró y que, además, se ha negado a aceptar cualquier error y se ha propuesto (casi obsesivamente) repetir el guion que heredó de su mentor, hasta en la cadencia de sus palabras, sus mantras, sus lugares comunes y sus gestos. Evaluar a Claudia Sheinbaum significará, inexorablemente, evaluar todo lo sucedido desde el 2018.
La revocación adelantada es una mala idea. Nublará toda la contienda, sí, pero también exacerbará la polarización y la ruptura de cualquier diálogo, no por Claudia, sino por AMLO.

