En estos días he escuchado tres predicciones aterradoras, dichas por gente muy bien informada: en una entrevista con la editora en jefe de la revista The Economist, Elon Musk afirmó que no pasarían más de diez años antes de que la IA gobierne todas las cuestiones sustantivas del mundo, empezando por las cadenas de producción, el comercio y la economía. En otro momento, Bill Gates había dicho algo similar, añadiendo que antes del 2035 ni la medicina ni la docencia, entre otras cuestiones fundamentales, serían gestionadas por seres humanos. Y hace poco, Darío Amodei, presidente de Anthropic, dijo que la IA está evolucionando por sus propios medios mucho más rápido de lo que los seres humanos podemos comprender o controlar.

En febrero, hubo una cumbre sobre el tema, convocada por Narendra Modi, a la que asistieron delegados de 118 países del mundo quienes emitieron una cándida “Declaración de Nueva Delhi” prometiéndose armonía, justicia, democracia, ética e igualdad a través de 7 “Chakras” para propiciar la cooperación intersectorial e internacional en esa materia. Como siempre, ninguno de esos principios sería vinculante. Pero no hubo duda de que ya estamos viviendo la era digital que, hasta hace unos años, parecía ciencia ficción.

En contraste, la muy debilitada Organización de las Naciones Unidas anunció formalmente, en febrero de este año, que había comenzado ya la “era de la bancarrota hídrica mundial”, lo que significa que tres cuartas partes de la población global (o sea, más de 6 mil millones de seres humanos) están viviendo con una escasez de agua que tiende a aumentar, en la medida en que más de la mitad de los grandes lagos del planeta se están secando y que el uso de ese líquido vital se ha convertido en uno de los principales tópicos de la desigualdad entre países ricos y pobres. Una de las razones de esa distopía es que la IA utiliza agua a caudales y que su futuro depende de asegurar la disponibilidad de ese líquido (tanto como el acceso a sus fuentes de energía mineral).

De otro lado, gracias al uso militar de la IA, el departamento de Homeland Security de Estados Unidos publicó, hace apenas unos días, un mapa de México cuyas fronteras interiores no corresponden con sus entidades federativas, sino con la presencia y el presunto dominio territorial de los distintos cárteles del crimen organizado en el territorio de nuestro país: esas “organizaciones terroristas” que el gobierno de Donald Trump insiste en atacar mediante el uso de drones armados porque, según su diagnóstico, el gobierno de Claudia Sheinbaum está siendo incapaz de enfrentarlos. Si esa amenaza se cumpliera, no habría nadie tripulando los drones destinados a matar seres humanos del otro lado de su frontera sur: el ataque sería gestionado mediante la IA.

Guardadas las proporciones, la UNAM está lidiando con una crisis de legalidad y confianza por el uso tramposo que algunos jóvenes indefendibles hicieron de la IA para responder sus exámenes de admisión: la versión electrónica de los “acordeones”. No tengo idea de cómo ni de cuántos hicieron eso, pero esa mezcla de desvergüenza y habilidad técnica retrata con nitidez el futuro que nos espera, en casi todos los planos de la convivencia. Ahí fueron exámenes amañados, allá cuentas bancarias hackeadas, más allá comunicaciones intervenidas y, por si algo faltara, resultados electorales torcidos como, según Donald Trump, está sucediendo desde 2020 en Estados Unidos.

Señoras y señores: la era digital ya está entre nosotros, para bien y para mal. Está cambiando casi todo lo que nos rodea y lo hará cada vez más. Los que no hemos cambiado somos nosotros, los seres humanos que inventamos al monstruo electrónico, como antes las hachas, que lo mismo sirven para labrar que para matar.

Investigador de la Universidad de Guadalajara

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