El ejercicio del poder pierde eficacia cuando se aferra a sus propias ocurrencias, aun a sabiendas de sus contradicciones. Es triste ver ese espectáculo: el deterioro permanente de la calidad de los argumentos públicos con el propósito de justificar decisiones mal planteadas, mal diseñadas y francamente regresivas.

Tras el rechazo a su iniciativa de reforma electoral, la presidenta Claudia Sheinbaum decidió investirse como líder de fracción para justificar que su soledad política no es una derrota. En vez de actuar como la jefa del Estado mexicano ha optado por desconocer y denostar a todos los demás partidos, incluyendo a sus aliados. Y sobre esa base, ha anunciado otro Plan B (el 2B) con el argumento de “disminuir los privilegios” de los congresos, de los municipios y de las instituciones electorales, echando mano de su mayoría relativa en el Poder Legislativo federal; como si eso bastara para erradicar el federalismo constitucional.

Dice que eliminar “privilegios” significa reducir presupuestos. Para sustentarlo, presentó una tabla de aritmética escolar: el presupuesto de cada poder legislativo dividido entre el número de legisladores, para mostrar que “esto nos cuesta cada diputado”. Dijo también que hay muchos regidores y ayuntamientos con tres síndicos –cargo que ella confunde con los “tesoreros”– y opina que son demasiados. Y propone una ecuación: menos diputados y menos regidores, igual a menos dinero. Dice que esa reducción sumaría alrededor de 4 mil millones de pesos que irían al pueblo. Y no dijo nada sobre los órganos electorales, pero supongo que esa lógica se aplicará de modo semejante a ellos.

Con excepción del argumento diáfano según el cual ella solo responde a la fracción que votó por el movimiento que la llevó al poder –y no al conjunto de la nación mexicana como se esperaría del cargo que ostenta–, el resto de sus argumentos es de una pobreza lamentable. En una nuez parece decir: las instituciones políticas no merecen tener dinero suficiente para operar. Hay que quitárselos para darle más dinero al pueblo.

Con sincera decepción, no encuentro diferencia entre eso que defiende Claudia Sheinbaum y lo que han sostenido los neoliberales. El presidente estadunidense Ronald Reagan decía que el gobierno no era la solución, sino el problema y se propuso reducirlo. Eso mismo hizo la primera ministra del Reino Unido, Margaret Thatcher. Y en fechas más recientes, Elon Musk se propuso cortar de tajo una miríada de órganos públicos de Estados Unidos alegando que había “un gobierno de la burocracia opuesto al gobierno democrático del pueblo”, mientras que el presidente argentino Javier Milei hizo suyo, como símbolo político de campaña, una sierra eléctrica destinada a cortar órganos e instituciones que consideraba privilegios burocráticos opuestos a la voluntad del pueblo. Por cierto, el presidente Milei le regaló una sierra similar a Elon Musk, como testimonio de su cercanía ideológica. ¿Cuál es la diferencia con lo que hoy defiende como convicción profunda nuestra presidenta? Ninguna. En todos esos casos, los órganos del Estado se consideran inútiles y caros: una carga que debe ser erradicada –congresos, municipios y órganos electorales, nada menos– para que el gobierno federal tome libremente todas las decisiones en armonía con quienes le respaldan.

De veras que es una pena. El coro que rodea a la presidenta justificando todo lo que dice y hace no le está ayudando nada ni a ella ni al país. Si de veras tuviera estatura de Estado, tendría que frenar ya este deterioro absurdo y cambiar de rumbo. No para negarse, sino para retomar la ruta de la izquierda democrática que hoy está perdida por completo. No tengo esperanza alguna de que eso suceda. Pero prefiero decirlo que callarlo.

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