A todas luces, la presidenta Sheinbaum ha preferido confiar más en Donald Trump que convocar a un acuerdo nacional para defender la integridad de México. Cuando Trump amenazó por primera vez, en junio del 2019, con imponer aranceles a las exportaciones mexicanas, López Obrador no se encapsuló con su partido (no en ese momento), sino que convocó a la defensa colectiva de la dignidad nacional y organizó aquel mitin de Tijuana donde se escucharon voces muy variadas, dispuestas a respaldar al presidente mexicano. En cambio, la presidenta ha preferido quedarse sola hablando con Trump.
Ha preferido apostar por la cordura de la Casa Blanca y ha exacerbado la violencia en contra de partidos, organizaciones y personas que no forman parte de la 4T. En vez de armonizar la casa, está poniendo su capital en Washington, alegando que no pasará nada mientras escala la ofensiva del gobierno para controlar todo el poder político con una reforma electoral diseñada para anular a la pluralidad política y consolidar el régimen autoritario.
Ninguno de los capítulos principales de la historia mexicana ha sido ajeno a los acontecimientos ocurridos en otros lugares del mundo. Que la historiografía oficial haya decidido esconder esa influencia –y siga haciéndolo— no borra su existencia. La historia de México ha estado entrelazada con la historia de Europa y de los Estados Unidos desde hace más de cinco siglos y hoy, una vez más, nuestro destino está marcado por las decisiones que se están tomando fuera del país.
El movimiento de Independencia no habría sucedido –o, al menos, no habría sucedido así— si Bonaparte no hubiese invadido España en 1808; México sería muy distinto si Texas no se hubiese anexado a los Estados Unidos y si ese país no hubiera invadido a México en 1846; el movimiento de Reforma habría fracasado si los franceses no se hubiesen visto amenazados por los Estados Unidos tras el final de su guerra de secesión, en 1865, y si Lincoln no hubiese respaldado a Juárez para la restauración de la República en aras de la doctrina Monroe; la revolución mexicana habría sido muy diferente sin el golpe de estado de Victoriano Huerta, azuzado desde la embajada estadunidense cuyo gobierno estaba atento a los conflictos que llevaron a la primera guerra mundial; el “milagro mexicano”, que hizo posible consolidar la hegemonía del PRI a la mitad del Siglo XX, sería inexplicable, a su vez, sin la Segunda Guerra Mundial. Con la pena: ninguna de las piezas principales de nuestra historia patria ha ocurrido al margen de los hechos ocurridos fuera del país.
Hoy estamos en circunstancias similares. Las decisiones que se están tomando fuera de nuestro territorio marcarán inexorablemente un nuevo episodio crucial de nuestra historia. Si el resto del mundo se retira ante el renuevo de la doctrina “Donroe”, como le llaman ahora y Donald Trump cumple sus amenazas, México enfrentará dos desafíos enormes: la intervención militar de las fuerzas armadas estadunidenses y/o la intrascendencia del tratado de libre comercio con Norteamérica. Las secuelas serían terribles: el incremento de la violencia interna y/o la caída en picada de nuestra economía. Es obvio que de suceder lo que se está tramando, el país no podría seguirse gobernando como si no pasara nada. Pero, aun así, la presidenta ha decidido cerrar las puertas a la conciliación y cancelar cualquier diálogo que le resulte incómodo.
Nuestros héroes patrios no eligieron sus circunstancias externas, pero supieron lidiar con ellas para consolidar al Estado mexicano (Morelos, Juárez, Madero, Cárdenas). Los que optaron por sacar provecho para sus banderías y liderazgos propios, son los antihéroes: Iturbide, Santa Anna, Miramón, Mejía, Huerta. Ninguno de estos aparece en los símbolos de la 4T.
Investigador de la Universidad de Guadalajara

