El modelo y la historia se repiten una y otra vez: emergen como líderes y crecen, amasan poder, fama y fortuna, todo en grado mayúsculo; en su ascenso van sembrando incalculable violencia y terminan escondiéndose, huyendo, hasta que son detenidos o abatidos. Aquí tres casos:
Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, poseía una inmensa y no cuantificada fortuna cuando, a los 59 años, murió durante el operativo de su detención en Tapalpa, Jalisco.
Hacía ya 20 años que circulaban las pocas y mismas fotos de siempre. Quería ser invisible e irreconocible. Con un padecimiento de insuficiencia renal a cuestas y frente a las recompensas que ofrecían los gobiernos de México, 30 millones de pesos, y de Estados Unidos, 15 millones de dólares, vivía en campamentos improvisados o en refugios serranos y se desplazaba constantemente.
Oseguera Cervantes fue durante años y hasta hace unos días, el líder delincuencial de mayor peso en México y en parte del mundo. Tenía poder, dinero, armas y mucha gente a su servicio, pero carecía de libertad y tranquilidad. Sobrevivía huyendo.
Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, temido y poderoso, fue apresado por primera vez a los 36 años. Escapó tras nueve años de reclusión.
El gobierno de México ofreció 60 millones de pesos y EU 7 millones de dólares por datos que llevaran a su captura.
Luego de 13 años de la fuga, fue detenido por segunda vez y nuevamente escapó. El 8 de enero de 2016 fue recapturado y un año después fue extraditado a Nueva York. En 2019 se le dictó cadena perpetua por delitos de narcotráfico.
Este hombre, al que en 2009 la revista Forbes atribuyó mil millones de dólares y el fiscal neoyorquino más de 12 mil millones, cumplirá 69 años en 2026, de los que prácticamente la mitad los ha vivido huyendo o en prisión.
Siempre en el Triángulo Dorado, protegía sus guaridas con tres anillos: el primero vigilaba la casa donde dormía, el segundo controlaba caminos y brechas, y el tercero monitoreaba posibles aproximaciones de las Fuerzas Armadas. Se movía incesantemente. Sus refugios no eran mansiones, sino espacios funcionales, concebidos para esconderse, resistir y escapar.
Servando Gómez Martínez, “La Tuta”, pasó más de un año escondido en la sierra michoacana. Vivió en cuevas, en una choza de madera y en una finca entre montañas. Uno de sus escondites fue la Cueva del Diablo, una formación natural de aproximadamente 400 metros de largo, atravesada por dos ríos subterráneos llenos de fango y con el piso cubierto de excremento de murciélago. Esas cuevas, que había utilizado para castigar y torturar a sus enemigos, terminaron siendo su madriguera.
Sus últimos meses los vivió en la miseria y escondido permanentemente, alejado incluso de sus familiares, y desconfiando de su propio grupo. Seguía teniendo armas, poder y dinero, pero sobrevivía con miedo. Fue capturado el 27 de febrero de 2015 y extraditado a EU 10 años después.
A pesar de docenas de historias similares, y de miles que terminan en la muerte violenta, hay películas, series y corridos que pretenden hacer creer a los jóvenes que vivir en el crimen es vivir en la abundancia, el poder y la fiesta infinita.
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