Al conocerse la detención y fallecimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, circularon en redes expresiones de simpatía, apoyo, justificación y narrativas favorables hacia él y su cártel. Así lo documentó, con la coordinación del académico Sergio Aguayo, el Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México, cuyos investigadores recopilaron, durante las 30 horas posteriores a los hechos, “publicaciones textuales, videos, comentarios, sonidos, extractos de canciones, videos cortos y animaciones”. Acopiado el material, lo clasificaron en las siguientes categorías analíticas: expresiones de añoranza, religiosidad instrumentalizada, duelo e identificación aspiracional, así como heroización, normalización de la violencia, deslegitimación del Estado y desinformación. Hasta aquí la referencia al oportuno documento La caída del Mencho. Legitimidad y poder, disponible en internet.

Hubo, asimismo, expresiones de apoyo al gobierno federal y el Ejército, así como condolencias muy sentidas y que compartimos millones de mexicanos por la pérdida de vidas de miembros de las fuerzas armadas.

Ahora bien, los comportamientos y tomas de postura que respaldan a personajes del delito expresan vínculos emocionales de afecto y admiración que cabría encuadrar en la llamada narcocultura, una construcción social que de manera inducida o espontánea incide en la forma en que se percibe al narcotráfico y sus líderes.

Como acción ilegal y violenta, el narcotráfico está fuera de la ley y de la aprobación social, pero su presentación como tema y contenido de música, literatura, series, películas, objetos de consumo o referencias religiosas le otorga una virtual legitimación, al introducirlo en la vida cotidiana por medios socialmente aceptados. Así, la narcocultura contribuye a validar, legitimar y normalizar el narcotráfico y a posicionar a sus líderes como héroes populares.

Se trata de una realidad editada: se exhibe poder y placer, riqueza y exceso, y hasta la crueldad se presenta como una especie de atractivo rasgo criminal que enaltece al que ordena la muerte.

En el universo de la producción textual y audiovisual en medios y redes relacionada con el narcotráfico, hay desde burdas y explícitas invitaciones al delito hasta expresiones artísticas y religiosas; desde obras que sacuden y alertan hasta procaces mensajes cuyo propósito es la exaltación y mitificación de la violencia.

Simultáneamente, los cárteles se hacen de base social mediante su dadivosa presencia en comunidades, sea para apoyarlas en momentos críticos o para entregarles regalos a cambio de su simpatía o de su ayuda en caso de que el grupo lo requiera.

El enraizamiento del narcotráfico, en consecuencia, no se debe solamente a sus operaciones, diversificación, alianzas y acciones violentas; lo acompaña y fortalece también una dimensión cultural, expresada en series, películas, corridos, que le atrae aceptación y hasta un revestimiento de actividad heroica y altruista.

Su combate, por lo tanto, no solo demanda colaboración institucional, trabajos de inteligencia, pericia policial y determinación política, sino un enorme esfuerzo de difusión cultural que contrarreste la visión enaltecedora de la delincuencia y promueva una dimensión cultural que premie logros en el estudio, el deporte, la ciencia y la solidaridad, entre otros muchos campos de actividad generadores de paz y prosperidad.

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