Israel, con apenas más de 20 mil kilómetros cuadrados de superficie, de los que más de la mitad son desierto, es, sin embargo, una potencia económica y tecnológica, así como modelo global en innovación agrícola. De mentalidad audaz y productiva, tiene más startups per cápita que cualquier otra nación. Su influencia en el mundo transmite creatividad, inteligencia y prosperidad y una actitud ejemplar frente a la adversidad.

Con 78 años de existencia y 10 millones de habitantes, Israel es coprotagonista del liderazgo mundial y una referencia internacional por su tenacidad y éxito, así como arquetipo admirable de resiliencia ante las atrocidades del holocausto.

Estas cualidades parecen desvanecerse cuando Israel realiza ataques masivos, como recientemente en el Líbano. No solo porque ha demostrado ser capaz de realizar ataques quirúrgicos, sino porque ante la amenaza que representa Hezbolá, la inteligencia israelí bien podría diseñar estrategias para debilitar a ese grupo sin recurrir a acciones cruentas que inevitablemente afectan a la población civil, incluso a niños, y destruyen monumentos históricos patrimonio de la humanidad.

Israel podría dar razones y recursos al gobierno del Líbano para que se sacuda el cáncer que significa Hezbolá. O, como ha dicho Hillary Clinton, fortalecer a ese gobierno con el objetivo de desarmar y neutralizar a los terroristas asentados en aquel país.

Explorar este cambio de ruta es más propicio en el contexto del actual proceso de paz, de precario equilibrio en la región. Para subrayar la pertinencia de una nueva estrategia, cabe contrastar esa opción con la incendiaria proclama del ministro de seguridad nacional de Israel, Itamar Ben-Gvir: “Por cada lágrima de una madre israelí, mil madres libanesas deben llorar. Todo el Líbano debe arder”.

No existe un manual para alcanzar la paz, pero todos sabemos lo que la aleja o imposibilita. Evidentemente, los discursos de odio sabotean cualquier esfuerzo de pacificación, como lo hacen todas las posiciones extremas. Ningún extremista ha construido paz alguna, pues su única opción de paz es el exterminio.

Son extremistas las expresiones del funcionario israelí, como lo son las declaraciones de líderes de Hamás y Hezbolá cuando invocan “la aniquilación del enemigo”.

En medio de la escalada regional que contrapone los intereses de Estados Unidos e Israel con los de Irán, los recientes esfuerzos del gobierno de Donald Trump por impulsar un acuerdo de paz representan una valiosa oportunidad. El pacto, además de frenar la guerra, busca la suspensión de los combates entre Israel y los integrantes de Hezbolá asentados en el Líbano.

El ministro de seguridad nacional israelí llama a vengar las lágrimas propias multiplicando las ajenas, pero unos y otros ya han padecido demasiada sangre y llanto. Es momento de atemperar los ánimos. Tanto israelíes como palestinos y libaneses tienen derecho a vivir en paz y sin el sobresalto de sentirse constantemente amenazados.

¿Habrá llegado el momento de dar paso a la inteligencia y la mesura para crear nuevos paradigmas y estrategias que pacifiquen la región? Puede parecer ilusorio, pero del círculo de venganzas repetido por décadas y que pretende aniquilar el terror con terror, ya hemos tenido bastante.

Especialista en derechos humanos

@mfarahg

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