Existe la percepción de que se vive un momento antiestelar de la humanidad. A pesar del desencanto, si se comparan siglos, el XXI con el pasado XX, el veintiuno va ganando a pesar de Míster Trump. Hace un siglo el mundo había vivido ya dos sangrientas revoluciones: la mexicana (1910) y la soviética (1917). Hace 100 años, en 1926, el mundo había padecido los horrores de la Gran Guerra (1914-1918): 60 millones de combatientes, 16-20 millones de muertos. Y todavía falta contabilizar la II Guerra Mundial. No vale la cantaleta de que todo tiempo pasado fue mejor.

Tampoco significa que los problemas actuales sean irrelevantes. Hay desajustes, injusticias, apuros y amenazas. Cerca de nosotros el desastre cubano muestra el fracaso del comunismo, así como su inoperancia sobre el bienestar popular. Las condiciones en que se desarrolla la vida social y económica de Cuba reflejan además del derrumbe de un régimen fallido, la vulnerabilidad de la población que sobrevive en condiciones de tal precariedad que exigen una respuesta de los integrantes del hemisferio americano.

Míster Trump decretó un embargo de petróleo a Cuba. México, proveedor de parte del hidrocarburo que consumen los cubanos, al advertir de riesgo diplomático, económico, militar (?), de contravenir al Hegemón, canceló sus envíos a la isla, no sin expresar su desacuerdo. No obstante, lo que parecía una sumisión diplomática dio un giro. El envío de petróleo era una vía de ayuda humanitaria, en tanto el combustible es clave para resolver necesidades fundamentales de una comunidad: suministro de energía eléctrica, transporte, comunicaciones procesos productivos, Pero también representaba ayuda a los sátrapas que gobiernan Cuba. Esta vía quedó cancelada.

Existen otras formas de auxilio humanitario. México dio un paso adelante, plausible, acorde a una tradición de solidaridad hispanoamericana. Envió ayuda humanitaria envuelta en alimentos. El cargamento de alimentos contenido en dos barcos cargueros no acabará con el hambre y las carencias cubanas, pero es un llamado a otros países, además de resultar congruente con una tradición que dignifica. Además, el petróleo enviado beneficia al gobierno, los alimentos al pueblo.

El sector ultraconservador se ha manifestado en contra de la ayuda humanitaria a Cuba. El argumento es que en tanto existan necesidades propias, resulta incongruente destinar al extranjero lo que hace falta internamente. El argumento es falaz además de miserable. México tiene la capacidad de compartir, nadie sufrirá en México por haber enviado algunas toneladas de ayuda, pero tiene además el orgullo de dar la mano a hermanos en necesidad.

México ha estado siempre cerca de Cuba, no debe abandonarla. Hay una larga historia de apoyo y respaldo mexicano en los momentos críticos de la isla caribeña. Mientras todos los países latinoamericanos dieron la espalda a Castro cuando llegó al poder, para no incomodar a Washington, México mantuvo su posición independiente a pesar de las presiones. Ni con Moscú ni con Washington fue también la postura mexicana en la crisis de los mísiles.

Lo que sigue es la caída del régimen cubano, que es inevitable. Se la ganaron a pulso. México deberá mantenerse cerca de Cuba cuando venga lo que vendrá. Cuánto sufrimiento se hubieran ahorrado los cubanos si al tiempo que cayó el muro de Berlín, cuando el desplome de la cortina de hierro hubiera caído también la cortina de la caña de azúcar.

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