A partir del 7 de octubre de 2023, fecha en que el grupo armado Hamás atacó a una multitud y secuestró a doscientos judíos israelís, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, decidió iniciar una guerra de exterminio contra la población Palestina, donde no sólo ha asesinado a los combatientes, sino a la población civil (cerca de 72 mil muertos), entre ellos, a niños y niñas (más de 20 mil) y mujeres (cerca de 10 mil), además de destruir sus ciudades y expulsarlos de sus territorios.
Así, mediante una guerra totalmente asimétrica, los judíos israelís han hecho realidad la profecía de su Dios, de alcanzar -por fin- la tierra prometida y convertirse en el pueblo elegido, no para enarbolar sus ideales, sino para destruir a sus enemigos. Del Mesías nadie sabe nada.
Y la pregunta que siempre flota en el aire es si Israel es el pueblo elegido de Dios, ¿por qué despierta tantos odios y rencores y tiene tantos enemigos? Muchos judíos israelíes dirán que justamente por eso, pero la historia reciente de Israel me hace dudar, comenzando por su líder Netanyahu.
En verdad su Dios quiere como líder de su pueblo a un personaje tan obscuro como Netanyahu, que fue perseguido por la justicia de su país y destituido como primer ministro en 2016, por cosas tan terrenales como la corrupción, soborno, fraude y abuso de poder. Que ha vendido su alma al diablo, mejor conocido como Trump. Que enfrenta graves acusaciones ante la Corte Penal Internacional (CPI) por crímenes de lesa humanidad y genocidio al pueblo palestino. Que no entiende la historia, especialmente la historia del pueblo judío, y actúa como un moderno Hitler al condenar a los palestinos a un genocidio y holocausto también material, al destruir su territorio y expulsar a los pobladores originarios del lugar.
Acaso su Dios acepta que el 82% de la sociedad judía en Israel apoye la limpieza étnica, el 52% de la misma diga sí a una solución final al conflicto y que el 47% de esa sociedad apruebe el asesinato de civiles palestinos. No lo creo. Al actuar de esa forma, Netanyahu y la sociedad judía israelí justifican plenamente el holocausto sufrido por
ellos mismos, tal vez no con los horrores y la cantidad de muertos, pero sí con el mismo odio y rencor que hoy profesan a sus enemigos. Del mesías nadie sabe nada.
Acordémonos que apenas en 1945 llegaron los primeros grupos de judíos a territorio palestino, gracias al acuerdo de las Naciones Unidas, la complacencia de la Gran Bretaña, país fiduciario que terminó su responsabilidad en 1948 -justamente cuando se declaró la creación del Estado judío- y el apoyo político y militar de EU. A partir de entonces, las guerras árabe – israelís se han sucedido una tras otra, sin que sus Dioses lo quisieran así. Si bien, las Naciones Unidas y el Reino Unido dieron vida a su propio Frankenstein, EU lo armó y dotó de misiles que hoy utiliza para saciar las bajas pasiones de su líder, al atacar sin piedad a un disminuido Irán, que aun así desafía la designación divina de Israel y el gran poder militar de EU.
Terminar con la amenaza nuclear de Irán -en el supuesto caso que así fuera- no significa -según Netanyahu- que Israel sea más seguro y su gente pueda dormir tranquila todas las noches. Al contrario, la obsesión de Israel contra Palestina, y ahora contra Irán, Líbano y otros países de medio oriente, fortalecerá el odio y sed de venganza de sus enemigos. Israel y su pueblo están condenados a no dormir tranquilos nunca. Y eso lo sabe el Mesías.
Quizá lo más grave de todo sea el abandono que tanto Netanyahu, como Trump, profesan a sus respectivos Dioses, a los cuales mantienen encerrados en las mazmorras de sus castillos, a fin de evitar remordimientos, pesares, reproches y arrepentimientos por todos sus pecados y aberraciones, especialmente, las muertes de civiles, mujeres y niños.
De Trump ya sabemos que no cree en nadie más que en él. A pesar de ser presbiteriano, en 2020 se declaró “cristiano confesional”, lo que quiere decir -según yo- que ha logrado la confesión de Cristo, a base de chantajes y golpes, de que el nuevo Dios es él y sólo él. Mientras que Netanyahu ha mantenido en secreto la llegada del Mesías, para evitar protestas en su contra, a quien tiene amarrado a uno de sus proyectiles nucleares, con la amenaza de lanzarlo a uno de sus tantos enemigos, si no cumple con lo prometido.
Mientras Cristo se muestra desolado por esta nueva traición de la humanidad, encabezada por el infaltable y moderno Judas Trumpariote, se lamenta por haber dado la vida por ella y reza mirando al cielo y clamando a su padre que esta vez lo deje morir en verdad y no lo vuelva a resucitar. Por su parte, el Mesías, igualmente abrumado, llega a la terrible conclusión de haberse equivocado al ver en lo que se han convertido sus hijos judíos israelís, y exclama al borde del llanto y en voz baja: “Que Alá perdone mis pecados”.
Mario Alberto Puga
Politólogo y exdiplomático

