Ante la falta de una oposición política seria, crítica y resiliente, capaz de construir, por lo menos, un nuevo discurso, ideas o propósitos mínimos de acción, que le brinden una nueva oportunidad ante la ciudadanía, Morena ha tenido que crear su propia contradicción, como única forma de avanzar en su camino. De esa forma, ha establecido una lucha interna al confrontar a las dos Morenas, una de amplia moral y anchas caderas; otra, científica, profesional y fina de pensamiento, sin desvíos morales.
Dos proyectos políticos, donde quizá ambos busquen el mismo objetivo -que es la transformación de México-, aunque con diferentes métodos, liderazgos y caminos.
La primera Morena es la original, levantada de las cenizas de una izquierda tradicional, pero alimentada con la más amplia gama del espectro político del momento que, sin ningún problema ético, logró conformarse en 2014 bajo el liderazgo de un renovado AMLO. Su liderazgo es aceptado por todos -propios y extraños-, que va desde el culto profético, el amor y la pasión de sus simpatizantes, hasta el odio y el rencor de los enemigos a los cuales dejó tendidos en el camino. El culto social y político lo han convertido en un tradicional caudillo para algunos, o en un nuevo líder que trasciende la modernidad y el mundano espacio de los pecados, a los que parece ser inmune, piensan otros.
En el más puro pensamiento amliano, se ha iniciado la transformación de un México casi perdido y extraviado a uno nuevo de esperanzas, quizá con excesos y errores, pero con una nueva y gran base: el pueblo de México. Lo importante para él es la transformación social, no cómo se haga, ni quién la haga, pues el fin justifica los medios.
La segunda Morena es la de Claudia, una mujer que, desde su género, inicia su diferenciación con la Morena de AMLO, pero también con todos los machos políticos que siguen venerando al caudillo y se aprovechan de él y su generosidad sin distingos. Claudia ha tenido que lidiar con todos ellos en este primer tramo de su gobierno, aunque no ha logrado terminar con esa profecía política y masculina que le enoja y estorba, pues ella pretende un México plenamente igualitario.
Para ella es igualmente importante continuar con la transformación de México, pero con otros métodos y con otras personas, es decir, el fin NO justifica los medios. Aun así, ha logrado mantener al caudillo en su laberinto, aunque sin evitar el envío de señales a sus incondicionales, tanto de Morena, como a los aliados del PT y PVEM, recogidos por necesidad, gracias al amplio criterio de la doctrina amliana, donde “todo sirve si está de mi lado”.
No obstante, los dos proyectos parecen haber llegado al límite de la civilidad, entrando de lleno a la contradicción política, que seguramente ya ha enfrentado a los dos líderes en silencio y en privado, donde las primeras señales se han dejado ver en público, ahora que Claudia presentó sus propuestas A y B de reforma política, donde la lógica establece que aún los aliados del PT y PVEM guardan obediencia al liderazgo de AMLO, no al de Claudia.
Esa es la única forma de entender el comportamiento de estos partidos, al decir no a la propuesta A y condicionar su apoyo a la propuesta B.
Mientras Claudia quiere y busca fortalecer un proyecto encabezado por la Morena de izquierda real, de la que ella proviene, AMLO sigue alimentando a la Morena de moral amplia, donde caben todos, incluso los indeseables.
Como dije en un artículo anterior, una vez consolidada en su gobierno, Claudia buscaría controlar el curso de las cosas, donde “Quizá, lo más importante, sea disminuir -aún sin proponérselo- el liderazgo e influencia de AMLO, cooptando nuevas posiciones políticas para su equipo, ahora, dentro de Morena, que le den el control directo de las cosas y garanticen próximos triunfos electorales en 2027 y, sobre todo, en la elección del próximo presidente o presidenta de la república en 2030….”
En el fondo, Claudia tiene razón y sobre todo le asiste la razón histórica, que ha visto cómo varios procesos de izquierda de amplia moral se han quebrado ante los excesos de sus líderes y sus tribus (PRD), por lo que quiere un partido o movimiento sin más ideología que el de izquierda real, sin aliados convencionales y con mayoría calificada; una mayoría de Morena únicamente.
A partir de ahí -supongo yo- vendría una primera depuración, para dar paso a un proyecto renovado y cien por ciento de izquierda, la tradicional, de donde ella proviene, y la nueva, representada por miles de mujeres, cada una encargada de su moderna trinchera, tanto en la calle, en el campo y en la oficina, pues la nueva izquierda tiene cara de mujer.
Para lograrlo, Claudia tendrá que encontrar otras formas para consolidar su proyecto de Morena, construir sus propios liderazgos y espacios de poder, en el marco de las próximas elecciones intermedias de 2027. Especialmente a la hora de enfrentar candidatos con los aliados, donde Morena tendrá que cambiar los términos del acuerdo y beneficiarse más que ellos de esta alianza, como una forma de debilitar su posición.
Es posible que las contradicciones se incrementen entre ambas Morenas, quizá con algunos rompimientos importantes, pero, precisamente de eso se trata la dialéctica de la vida: que a partir de las contradicciones se avance en el objetivo de continuar la transformación del país.
Claudia guarda todavía un as bajo su manga.
Mario Alberto Puga
Politólogo y exdiplomático
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