Luego del primer año de gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum se puede afirmar, sin lugar a duda, que ella ha logrado cumplir su primer objetivo: establecer su propio estilo de gobernar, superando todas las expectativas, tanto de propios, como de extraños.

Tres son a mi entender los elementos que explican tal logro: primero, su personalidad de científica y política seria y paciente; segundo, su determinación de mujer valiente e inteligente; tercero, contar con mucha más fortuna que sus antecesores hombres, entendida ésta como la capacidad para “adaptarse mejor a los tiempos” -decía Maquiavelo-. Y yo añadiría, también a las coyunturas políticas, que ha sabido leer atinadamente.

Todo ello le ha permitido fortalecer su figura y habilidades para encarar los retos de un país como México, donde ha dejado claro que no necesita línea política de nadie para gobernar; que ha desactivado cada bomba heredada; que ha superado las formas de su antecesor, si consideramos que su presencia diaria no genera anticuerpos; e incluso, que ha recibido el reconocimiento internacional, no sólo como una mujer de poder, sino por su estilo -sencillo, pero elegante- de actuar y vestir. Todo ello le ha permitido incrementar su popularidad y simpatías que rozan el 75% de aprobación de la sociedad mexicana.

Ese charming o encanto de Claudia para enfrentar los retos, sin gritos ni dramas, pareciera ser su sello y forma para cumplir su siguiente objetivo: controlar el curso de las cosas, es decir, de su gobierno, sin que nadie interfiera, obstaculice o estorbe, sea amigo o adversario político. Y es que, en estas últimas semanas, las decisiones que ha tomado Claudia indican no sólo un golpe suave en la mesa, sino que está dispuesta a ir más allá, hasta cumplir sus objetivos, pues ella es una mujer de objetivos.

Primero, detonó sin dudar, y de manera controlada, el escándalo del huachicol fiscal, sin que nadie muriera, solo heridos, que no corresponden ni a su tiempo ni a su gabinete, sino al de su antecesor. Segundo, dejó correr el agua negra del otro escándalo que involucra al estado de Tabasco, con el tema de “la barredora”, hasta que llegó al cuello de Adán Augusto López, quien, finalmente se hizo a un lado, ya todo enlodado. Igual, los efectos debilitan más a su antecesor que a ella. Tercero, de igual manera, los deslices del hijo de AMLO trastocaron más el liderazgo de éste que el de Claudia, pues ella se mantuvo al margen de manera inteligente.

En mi opinión, esos tres hechos fueron suficientes para que AMLO desistiera de su deseo de reaparecer en la escena pública, que no es poca cosa para un caudillo, al entender que la coyuntura no le favorece. Así, se conformó con un video, donde reconoce el liderazgo de Claudia, a quien “no le hará sombra” y declara ser la “mejor presidenta del mundo”, en tácita aceptación a que ella se encuentra en mejor momento y que, por ahora, es su mejor escudo ante las críticas y señalamientos. Con un guiño de sus ojos, Claudia convenció al caudillo de permanecer sentadito en su finca, pues la realidad política se ha convertido en la mejor aliada y consejera de la presidenta.

Y ya encarrilada, Claudia está tomando otras decisiones políticas de gran trascendencia: con una mirada, y pocas palabras, desarmó el intento de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), encabezado por la ministra Lenia Batres, de revivir muertos del pasado, que la obligó a recular sobre el tema de la “cosa juzgada” y también sobre el incomodo tema de las camionetonas. Ante pifias de sus colaboradores, les ha tenido que leer la cartilla, la biblia y hasta el manifiesto comunista, a fin de superar deslices, pecados y gustos burgueses. Sin mucha alaraca, prepara una propuesta de reforma electoral que dará mayor fortaleza y certeza al INE y a los jugadores políticos, donde cada uno deberá enfrentar su propia realidad, incluso sus aliados.

Como cereza del pastel, la presidenta -con una leve mueca en el rostro-, destituyó al fiscal general de la nación, Gertz Manero, disfrazando el acto como una renuncia voluntaria, decisión que ni AMLO quiso tomar en su momento. El hecho en sí tiene varios significados: uno, la presidenta se deshace de un personaje incómodo para todos, sin ningún costo político; dos, sacude y renueva el proceso interno de reestructuración de la fiscalía; tres, pone en lugar del fiscal a una cercana, Ernestina Godoy, con quien ha trabajado muy bien desde hace tiempo; cuatro, garantiza una mejor coordinación en la lucha contra el crimen organizado; cinco, rescata una posición política importante para su gobierno.

Un tema adicional que hay que considerar es la relación que ha establecido con su homólogo estadounidense, Donald Trump, a quien ha sabido domar, no con látigo en mano, sino con ese charming que transmite hasta por teléfono y que desarma hasta al más feroz, y quien manda en cada mensaje su reconocimiento a la mandataria. Si bien, las amenazas de Trump a México persisten, la presidenta ha entendido que para mantener apaciguado al león es necesario darle de comer cada que abre la boca, con resultados tangibles.

Al final del año, un diario estadounidense (WSJ) reconoció que México había sido el menos perjudicado por la política de aranceles de Trump, que le permitió no sólo incrementar sus exportaciones en 9% en 2025, sino convertirse en el primer socio comercial de EU, desplazando a China, cosa que tiene al magnate loco de contento. Igual logró -con una leve sonrisa-, que otro empresario descarriado aceptara pagar su deuda al fisco mexicano.

En tal sentido, creo que la mandataria seguirá utilizando ese charming en lo que resta del gobierno para consolidar su administración y el proyecto de la 4T, continuar la lucha efectiva contra los grupos criminales y mantener el TLC con EU y Canadá y la alianza con los empresarios mexicanos. Quizá, lo más importante, sea disminuir -aún sin proponérselo- el liderazgo e influencia de AMLO, cooptando nuevas posiciones políticas para su equipo, ahora, dentro de Morena, que le den el control directo de las cosas y garanticen próximos triunfos electorales en 2027 y, sobre todo, en la elección del próximo presidente o presidenta de la república en 2030, donde -por cierto- ya se despachó a 4 de los ex presidenciables del 2024. Solo queda uno.

El charming de Claudia me recuerda al de muchas mujeres inteligentes que manejan los hilos de manera discreta y elegante, sin que se note, pero se sienta.

Mario Alberto Puga

Politólogo y exdiplomático

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