La incongruencia constante, percibida como una ofensa a la inteligencia y dignidad de los ciudadanos, erosiona la confianza pública, deteriora la salud mental colectiva además de debilitar el tejido social. Cuando un gobierno insiste de manera sistemática en la simulación —es decir en aparentar coherencia, austeridad, transparencia o cambio— mientras las decisiones reales contradicen ese discurso, no sólo se incurre en una falta política o administrativa, sino que produce un daño profundo en la psicología social de la población.
El primer efecto visible de esa simulación, que ya asoma la punta del iceberg del hartazgo ciudadano en algunas regiones del país, es la pérdida progresiva de credibilidad institucional.
Cuando el discurso oficial y el mantra de Palenque no coinciden con la realidad observable, la palabra pública pierde valor, las promesas dejan de generar expectativa legítima y los anuncios y la propaganda son recibidos con un escepticismo subyacente en el ánimo social.
La simulación permanente de varios actores de Morena y ahora sumándose la tremenda Corte con su batidero vehicular, genera un clima de saturación psicológica que fomenta la apatía y reduce la capacidad de análisis crítico. El otro efecto preocupante es esa normalización de la incongruencia y la mentira.
La contradicción es ya cotidiana y es justificada en nombre de la causa y ese mantra hipócrita que los desnuda por completo; lo que antes consideraban inaceptable, hoy se tolera. Se presume. Se celebra.
Ello abre las puertas a abusos cada vez mayores, sin detenerse a sopesar o analizar que las secuelas serán irreversibles y tendrán un efecto en el plano donde más lastima. El electoral. Sin embargo, eso no abarca todo el espectro estratégico.
La simulación gubernamental en esta administración alimenta la polarización y no es un problema superficial de imagen o narrativa: Es un fenómeno que impacta directamente en la mente colectiva. Un gobierno que se autoengaña proyecta fragilidad hacia afuera y esa debilidad se manifiesta con especial claridad en el actual contexto de la ríspida relación bilateral.
El uso reiterativo de la soberanía, utilizado como recurso narrativo y no como ejercicio real, es percibido entre la ciudadanía como simulación.
El término revela más una necesidad de compensación simbólica que un ejercicio efectivo del poder. Ahí se tiene el caso más reciente donde el engrudo mañanero se hizo bolas con la detención del criminal canadiense y la ambigüedad deliberada del relato oficial.
Cuando hay que explicar demasiado la soberanía es porque ya no se ejerce. Sheinbaum insiste en que no hay presencia operativa extranjera en territorio nacional y en Estados Unidos presumen públicamente la cooperación y coordinación bilateral en materia de seguridad.
Un triunfo estratégico en todos los sentidos y un mensaje clarísimo para esa hidra político criminal cuyas cabezas morenas pretenden esconderse tras el manto soberano.
El timing de la llamada entre Trump —que nuevamente reconoce a la presidenta? y Sheinbaum, exhiben señales suficientes de los tiempos y las presiones que se avecinan.
Los acuerdos y el quid pro quo bilateral que tiene feliz al magnate, exhibirán en el corto plazo los cinco elementos clave que definen la hoja de ruta en Washington del T-MEC.

