Los funcionarios más altos del aparato militar estadounidense se han desplazado simultáneamente al Caribe, enviando un mensaje multicapa a la región con significados diplomáticos, estratégicos y operativos. Coordinar visitas al mismo tiempo es una forma de recordar su rol como principal garante de seguridad en el hemisferio occidental, especialmente bajo el paraguas del US Southern Command (SOUTHCOM) y la señal para la dictadura de Nicolás Maduro; Estados Unidos está observando muy de cerca la dinámica interna y externa del régimen y sus aliados. Washington acostumbra a usar movimientos militares para ir construyendo la percepción de que son un factor disuasivo frente a escaladas represivas, movimientos militares internos o maniobras geopolíticas.

La flota naval estadounidense desplegada en el perímetro de las costas de Venezuela no deja espacio para algún escenario de confusión. Es una distribución que permitirá una respuesta inmediata ante una crisis —que evidentemente está analizada como un proceso de escalación— para protección de aliados y control de rutas marítimas estratégicas. Todo el aparato naval integrado en redes de comando y control que permiten operar como una sola fuerza coordinada. La preparación estratégica del gobierno de Donald Trump ante la dictadura venezolana y la reciente designación del Cártel de los Soles como organización terrorista (FTO) es multidimensional y envía señales muy claras de la hoja de ruta para gobiernos en la región con “relaciones intolerables con el crimen organizado”.

El despliegue marítimo también es geopolítico y con el riesgo de un efecto adverso en el colapso institucional venezolano, se prepara el terreno para su mitigación sin necesidad de actuar al interior del país.

Es una realidad operativa constante, independientemente de lo que se declare públicamente. La lógica estratégica no requiere justificar su existencia. El cálculo de la Casa Blanca apunta hacia un colapso híbrido y la recuperación de ese espacio regional que ha tenido una penetración hostil de actores como China, Rusia e Irán.

México hace meses está en el radar de las preocupaciones estadounidenses. No solo por la irrefutable realidad del cogobierno con organizaciones criminales en amplias regiones del país, sino en la penetración de los actores arriba mencionados con su vecino con el que comparte una frontera de más de tres mil kilómetros.

El riesgo latente en un mundo multipolar, con mayor competencia, actores no estatales más fuertes y tensiones geopolíticas menos predecibles, son ingredientes adicionales para la mezcla mexicana que vive un momento de volatilidad política y un contexto de numerosas crisis que siguen empujando al gobierno de Sheinbaum directo al abismo.

Cada filtración revela capas de descomposición institucional que estuvieron ocultas siete años debajo de una apariencia de normalidad. Revelaciones que son como la apertura de una herida purulenta; una grieta por la que brota la podredumbre y corrupción estructural de la cacareada transformación morenista.

Sus escándalos no son hechos aislados, sino síntomas de un proceso más profundo de deterioro. Un gobierno con todo el poder y con un desgaste meteórico de credibilidad y poca eficacia para poner orden en el desorden de sus disputas internas desde el chapoteadero de la corrupción e impunidad.

Todo el drama en Morena en la peor coyuntura económica, (geo)política y social, mientras el mundo observa con atención.

@GomezZalce

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