Adrián Rubalcava ya escuchó a las vagoneras. Conoció sus historias, se reunió con ellas y reconoció públicamente que esposar a una mujer frente a sus hijos es excesivo. Hasta prometió capacitar a su personal. El problema es que, mientras el director del Metro habla de sensibilidad, abajo, en los vagones, las mujeres dicen que los operativos aumentaron.
Hace unos meses conté aquí la historia de las Leonas en Manada, mujeres que recorren el Metro vendiendo lo que pueden para mantener a sus familias. Muchas son madres solteras. Algunas llevan a sus hijos porque no tienen con quién dejarlos. Hay adultas mayores, estudiantes y mujeres indígenas. No piden impunidad ni privilegios. Piden trabajar sin ser tratadas como delincuentes.
Después de aquella columna hubo movimiento. Las Leonas se reunieron con Rubalcava. Él escuchó sus testimonios y asumió compromisos. El 20 de agosto los hizo públicos en entrevista con EL UNIVERSAL. Dijo que no habría una política más enérgica contra los vagoneros, rechazó los excesos durante las detenciones y anunció que hablaría con la Secretaría de Seguridad Ciudadana, la Secretaría del Trabajo y los Juzgados Cívicos. Sobre los niños que acompañan a sus madres fue muy claro: consideró excesivo que una mujer sea esposada frente a sus hijos y pidió a los policías ser “mucho más sensibles”.
Las palabras fueron correctas. Lo que ocurre después es otra cosa.
Patricia, integrante de Leonas en Manada, asegura que desde aquella reunión los operativos aumentaron y varias compañeras han sido detenidas con mayor frecuencia y de manera arbitraria. Siguen esperando también la capacitación que ofreció Rubalcava para evitar que los niños sean vulnerados durante esos operativos.
Una madre vende dentro de un vagón. La policía llega. La detiene. Su hijo observa cómo se llevan, muchas veces esposada, a la persona de la que depende para todo. Algunos niños lloran y se aferran a sus madres. Otros se enfrentan a los policías para defenderlas. Esa es su primera lección sobre la autoridad.
Pero hay una discusión anterior incluso a la manera en que ocurren esas detenciones: la norma que las sustenta. La prohibición de vender dentro de los vagones aparece en el Reglamento de la Ley de Movilidad, no en la propia Ley de Movilidad. Y ahí surge una pregunta que la autoridad debería responder: ¿puede un reglamento establecer una prohibición que la ley que reglamenta no contempla? El principio de legalidad pone límites a la facultad reglamentaria del Ejecutivo: un reglamento desarrolla una ley, no puede ampliarla a voluntad.
Si la prohibición que sirve de fundamento para detener a estas mujeres rebasa lo dispuesto por la ley, ya no estamos únicamente ante una discusión sobre sensibilidad policial. Estamos frente a la posible arbitrariedad de las propias detenciones. Y cuando además hay niños involucrados, el asunto exige bastante más que operativos y decomisos.
Detener a una mujer hoy para que mañana vuelva a vender tampoco resuelve nada. Sólo administra la pobreza a fuerza de operativos. Detrás de cada detención y cada decomiso, el problema sigue exactamente donde estaba.
Las Leonas han pedido alternativas para regularizar su actividad. Quieren trabajar sin esconderse, sin correr por los andenes y sin colocar a sus hijos frente a policías. La autoridad puede discutir esa propuesta y establecer condiciones. Lo que no debería hacer es sentarse con ellas, comprometer cambios y permitir después que todo siga igual o peor.
La contradicción resulta incómoda para un gobierno que presume una agenda de derechos, cuidados y protección a las mujeres. En el discurso se apoya a las madres, se protege a las infancias y se atienden las causas. En el subsuelo de la misma ciudad, mujeres sin empleo formal ni dónde dejar a sus hijos siguen corriendo para evitar que les quiten la mercancía.
Rubalcava ya hizo la parte sencilla. Recibió a las Leonas, escuchó sus historias y encontró las palabras correctas frente a una grabadora.
Ahora falta gobernar. Y eso incluye impedir que, bajo su responsabilidad, las instalaciones del Metro se conviertan en territorio para la arbitrariedad.
@MaiteAzuela
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