Analizando la reciente propuesta dirigida a la Conade publicada en este espacio, para impartir y preparar a directivos de las diversas federaciones deportivas —una iniciativa que ha sido bien recibida por distintos sectores—, queda en evidencia una realidad incómoda: Varios de estos organismos atraviesan una crisis profunda, así como falta de credibilidad, derivada de la carencia de preparación de sus dirigentes.
Las federaciones son, en esencia, entidades privadas sin fines de lucro, pero —en la práctica— funcionan con criterios diferentes, improvisados, con estructuras débiles y, en algunos casos, con una visión más cercana a la supervivencia administrativa que al desarrollo deportivo.
El desconcierto se acentúa porque cada federación deportiva se rige formalmente bajo las normas de su respectiva Federación Internacional. Sin embargo, las reglas han cambiado radicalmente.
Hoy, existen Ligas profesionales, circuitos independientes y agrupaciones privadas que concentran a los mejores atletas y manejan los eventos más atractivos en lo deportivo y económico. Ahí es donde surge la división del deporte.
En casi todas las disciplinas, los atletas profesionales responden principalmente a las reglas de estas organizaciones, no necesariamente a las de su federación nacional.
No obstante, cuando se trata de representar al país en competencias internacionales, la federación vuelve a tener el control, siempre que exista un acuerdo —muchas veces económico— entre el atleta, que es profesional, y la institución.
Mientras tanto, algunos directivos se han convertido en promotores de eventos. Cobran cuotas e inscripciones cada vez más elevadas, supuestamente destinadas a impulsar la disciplina, pero esa promoción rara vez se materializa.
Al final, quienes terminan financiando el deporte son los ya cansados padres de familia, los clubes deportivos (facilitando sus instalaciones) y posteriormente las empresas patrocinadoras, siempre y cuando el atleta logre destacar y cumpla con objetivos comerciales.
Las federaciones se sostienen principalmente de las cuotas de afiliación o licencias, de las inscripciones a sus eventos, de patrocinios y —en muchos casos— de recursos federales que distribuye la Conade. Con ese nivel de responsabilidad financiera y social, resulta inaceptable que la gestión deportiva siga dependiendo de improvisación, desconocimiento administrativo o intereses personales.
Por eso, la Conade podría encabezar la capacitación de los directivos como una obligación.
Necesitan conocer a fondo su disciplina, dominar herramientas de administración, transparencia y promoción, además de entender que el deporte actual es una industria que exige profesionalismo.
Sin directivos preparados, no puede existir credibilidad institucional.
No es que México carezca de talento deportivo. Lo que realmente nos falta —y desde hace años— son dirigentes capacitados para acompañar, proteger y proyectar a nuestros atletas.

