Los regímenes políticos con vocación totalitaria, de izquierda o derecha, tienen entre sus objetivos primordiales el control del sistema educativo.
El Estado totalitario niega la eminente dignidad de la persona humana, lo que se traduce en la imposición de políticas que aniquilan las libertades y derechos fundamentales de los ciudadanos.
Fascistas, nazis, comunistas de diversas etiquetas: leninistas, estalinistas, trotskistas, maoístas, castristas, polpotianos, igual que las teocracias islámicas, reprimen con ferocidad la libertad de pensamiento vinculada a la libertad educativa y al derecho primigenio de los padres de familia de educar a sus hijos.
En Italia (1922-1943), “la fascistización” de la enseñanza pretendió la creación del “hombre nuevo” leal a Mussolini. En Alemania (1933-1945), la educación hitleriana tuvo como objetivo asegurar el dominio de la raza aria. En el comunismo se estructura un estricto adoctrinamiento; los docentes son meros agentes de propaganda sometidos a los dictados del partido.
Para pronosticar el porvenir de una sociedad libre y la sustentabilidad de la democracia, es preciso medir el grado de libertad educativa que el sistema político permite.
No se trata de que el Estado evada la responsabilidad de garantizar educación de calidad; subrayo, de calidad, a todos los miembros de la sociedad, especialmente a los sectores más necesitados. Pero una cosa es desplegar, en forma solidaria y subsidiaria, las capacidades del poder público para cumplir con ese deber y otra es estatizarlo, controlarlo y convertirlo en una herramienta de imposición ideológica facciosa, para asegurar el dominio de un grupo político dogmático y totalitario.
En México, cuando en las entrañas del poder y en el aparato educativo público se alojan esas tendencias totalitarias, convierten la enseñanza en vulgar adoctrinamiento sectario.
El 20 de julio de 1934, el general Calles, admirador del fascismo italiano, pronunció lo que se conoce como el Grito de Guadalajara, en el que lanzó la directriz para iniciar “el periodo revolucionario psicológico”. Dijo: “debemos apoderarnos de las conciencias de la niñez… de la juventud, porque son y deben pertenecer a la revolución”. Acto seguido, los diputados reformaron el artículo 3º de la Constitución para imponer la educación socialista.
Los ideólogos comunistas del cardenismo intentaron la derogación de la autonomía universitaria. Los estudiantes de la Universidad Nacional, encabezados por el rector Manuel Gómez Morín impidieron la salvajada, y los padres de familia, con el lema “por mi deber y mi derecho” enderezaron un movimiento de resistencia civil contra el programa educativo del régimen.
Con el arribo al poder de la 4T, regresaron los totalitarios a la SEP. En la Dirección de Materiales Educativos aterrizó un Marx, que hizo de los libros de texto gratuitos panfletos de catecismo cuatrotero; inspirados, faltaba más, en el pensamiento del que lleva el nombre. Hizo de su dependencia un cenáculo de corrupción con asesoría y mañas venezolanas.
Ya lo destituyeron, se fue atiborrado de pollo rostizado y barbacoa y con ridículos retobos; salió con el retrato de su homónimo bajo el brazo. Pero en los libros, se quedó el contenido totalitario de los seguidores del otro Marx.

