El presidente Donald Trump cruzó el Rubicón y declaró la guerra mundial comercial. Proclamó el 2 de abril “Día de la Liberación” para la política comercial estadounidense, fecha “en que renació Estados Unidos”.
¿De qué se va a liberar la primera potencia mundial? Según su dicho, del trato injusto que todas las naciones le dan en sus intercambios comerciales y de los abusos y trampas que cometen sus socios y aliados para desindustrializar a su país. Dijo: “Por fin podremos hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande, más grande que nunca. Los empleos y las fábricas volverán con fuerza a nuestro país”.
Parece una adaptación del cuento de Jonathan Swift: Gulliver atado en Liliput por seres pequeñitos para inmovilizarlo. Literatura aparte, en la vida real, el acontecimiento mundial disruptivo es que el gigante decidió romper los amarres y lanzar al aire los códigos, reglas e instituciones del comercio mundial que estuvieron vigentes durante 80 años con el GATT (1947) y la OMC (1995).
En estas horas, sería imprudente hacer pronósticos definitivos sobre las consecuencias en la economía mundial que conlleva esta rebelión arancelaria de EU, y los irremediables realineamientos geopolíticos que provocará. En próximos días conoceremos las posiciones estratégicas que adoptarán los principales jugadores mundiales. Con ello se configurarán los escenarios del futuro.
Respetados conocedores recomiendan no precipitarse en una contraofensiva retaliativa, porque tal remedio resultaría peor que la enfermedad. Al parecer no les falta razón; un factor clave en estos avatares es el tiempo.
Aquí entra la cuestión si el MAGA 2.0 será un fenómeno de corto, mediano o largo plazo y esto, en buen romance, significa si el liderazgo de Trump se sostiene o declina.
En días recientes Trump lanzó una sonda exploratoria para superar la enmienda constitucional que le impide reelegirse por tercera ocasión. Si avanza en ese propósito, estaríamos frente a 8 años de la aplicación y consolidación de su prepotente modelo de relaciones internacionales, tendrá que enfrentar diversos cotejos electorales, pero en todo caso configuraría un escenario con vigencia para toda una época.
En esas condiciones, a los tomadores de decisiones en las sedes de los gobiernos, en los rascacielos de los inversionistas, en las salas de consejo de las empresas y en muchos otros ámbitos, en donde se planea para el largo plazo, no da lo mismo aguantar dos o tres años los efectos de la “liberación” trumpista, que asumir “el fin de la historia” del sistema de las relaciones políticas y económicas internacionales hasta ahora conocidas y practicadas.
Immanuel Wallerstein, en sus reflexiones sobre el sistema mundial comenta que “no puede medirse con propiedad el alcance de los grandes acontecimientos si uno los analiza en su contexto inmediato… si tratamos de hacerlo, tendemos no sólo hacer una lectura errónea, sino, lo que es más importante, a extraer lecciones falsas de los mismos”. (Geopolítica y Geocultura, 1991).
Escribo antes de conocer el plan que el Gobierno de México dará conocer para enfrentar la guerra arancelaria en curso. Hasta ahora, la política kalimaniana de serenidad y paciencia, con danza en el Zócalo y sin abrazos a los cárteles criminales le ha permitido capotear la tormenta. Se acabó la fiesta, es hora de definiciones.
Analista político. lf_bravomena