El comercio mundial está cambiando de manera acelerada. Después de décadas dominadas por la globalización abierta y la integración comercial profunda, el escenario económico se está reorganizando alrededor de bloques geo-económicos construidos sobre intereses estratégicos: tecnología, energía, seguridad industrial, control regulatorio y autosuficiencia logística. El mundo ya no busca únicamente eficiencia y bajo costo; ahora busca estabilidad, resiliencia y soberanía económica
Las cifras lo confirman. Según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), en 2024 el comercio global alcanzó 33 billones de dólares, el nivel más alto de la historia reciente. Sin embargo, el organismo advierte un aumento significativo en la incertidumbre de política comercial, resultado de más de 3,000 medidas proteccionistas aplicadas en los últimos dos años por grandes potencias económicas, incluidas nuevas barreras arancelarias entre Estados Unidos, China y la Unión Europea. La Organización Mundial del Comercio estima que el comercio global podría crecer por debajo del 1% en 2025, en contraste con proyecciones previas superiores al 3%, debido a tensiones geopolíticas y subsidios industriales en sectores clave como semiconductores, energía limpia y tecnologías sensibles.
En este contexto, para países emergentes como México, la reconfiguración global representa una oportunidad histórica, pero también un riesgo estructural. La pregunta estratégica ya no es cómo insertarse en la economía mundial, sino en qué bloque queremos participar y con qué propuesta de valor. Podemos aprovechar nuestra condición como socio natural de Norteamérica y plataforma logística del continente, o convertirnos en una economía periférica atrapada en actividades de bajo valor agregado. La oportunidad es clara: México puede transitar de una economía maquiladora hacia un hub regional de manufactura avanzada, energías renovables, movilidad eléctrica, semiconductores, servicios especializados y economía del conocimiento. Con el T-MEC, la cercanía con el mayor mercado del mundo y una base exportadora consolidada —más de 600 mil millones de dólares en comercio bilateral con Estados Unidos en 2024— México está bien posicionado para recibir inversiones que integren diseño, ingeniería e innovación. Pero nada de esto sucederá automáticamente. Si México no garantiza energía suficiente y limpia, infraestructura logística moderna, Estado de derecho, talento técnico e ingenieril y certidumbre regulatoria, el nearshoring será una ola pasajera. Las empresas vendrán, pero sin impactos reales en productividad ni salarios. Según la OCDE, México ocupa el lugar 57 de 64 países en productividad laboral, y sin crecimiento en ese indicador, ningún proyecto de desarrollo será sostenible. Para aprovechar esta coyuntura, México necesita actuar con visión estratégica y sentido de urgencia. El primer paso es construir una política industrial moderna, enfocada en sectores donde podamos competir y ganar: manufactura avanzada, semiconductores, movilidad eléctrica, agroindustria de alto valor, biotecnología y energías limpias. Al mismo tiempo, es indispensable invertir decididamente en talento, fortaleciendo la educación técnica y dual, las ingenierías, las competencias digitales y el dominio del inglés, porque el futuro ya no será de quien tenga más mano de obra, sino del que forme mejor capital humano. De igual manera, el país debe fortalecer su infraestructura invisible, garantizando energía suficiente y confiable, logística eficiente, puertos y ferrocarriles modernos y conectividad digital robusta — elementos sin los cuales ninguna estrategia industrial se sostiene. También resulta crucial integrar proveedores nacionales a las cadenas productivas para formar ecosistemas industriales completos y no enclaves aislados sin derrama económica real. Finalmente, México necesita actuar con visión geopolítica, definiendo con claridad su papel dentro del bloque norteamericano y construyendo una agenda México–Estados Unidos–Canadá que trascienda lo comercial y se fundamente en innovación, certidumbre institucional y desarrollo compartido.
La economía global ya se está reorganizando. Pero, en el fondo, la verdadera pregunta no es sólo qué bloque elegimos, sino qué tipo de país queremos ser dentro de ese bloque. De poco sirve ubicarse del lado “correcto” del mapa si seguimos perdiendo en productividad, en educación, en confianza institucional y en visión de largo plazo. Las potencias construyen bloques; las sociedades construyen proyectos de país. México hoy tiene una coincidencia rara: una posición estratégica envidiable, un contexto industrial favorable y un vecino que requiere socios confiables. Lo que falta no es oportunidad, sino capacidad de organizarla, de convertirla en una agenda común que trascienda coyunturas y sexenios.
La incertidumbre dejó de ser una anomalía para convertirse en el terreno natural donde se disputa el desarrollo. La responsabilidad histórica de nuestra generación no es adivinar el futuro, sino atreverse a diseñarlo. Si México interpreta esta recomposición global como una amenaza, retrocederá. Si la entiende como una invitación a repensar su modelo productivo, su cultura de meritocracia y su liderazgo colectivo, podrá convertir esta fragmentación en una palanca de cohesión y crecimiento.
No se trata sólo de elegir un bloque geopolítico, sino de decidir —con madurez y ambición— qué clase de nación queremos ser: un país que reacciona o un país que se anticipa; que vende mano de obra barata o que exporta talento, innovación y confianza. En las palabras del gran genio de la administración, Peter Drucker: “La mejor manera de predecir el futuro es crearlo.” La ventana está abierta.
@LuisEDuran2

