Nada hay más peligroso que un juez que confunde la ley con su ira
-Aristófanes
Cada vez que escucho hablar de una nueva reforma electoral, no pienso primero en el contenido. Pienso en este momento que vivimos. En política, el cuándo suele decir más que el qué. Y esta vez, el cuándo es demasiado evidente como para ignorarlo.
No veo en esta reforma un proyecto serio, articulado, pensado para mejorar el sistema electoral. Veo, más bien, una feroz advertencia. Un movimiento calculado para recordar quién manda, para disciplinar aliados, para medir lealtades y para reacomodar piezas antes de que el nuevo ciclo de poder termine de asentarse.
En Morena, al parecer estas cosas no se dicen de frente, pero se entienden muy rápido. La reforma funciona como un mensaje interno: hoy se pone sobre la mesa el sistema electoral; mañana puede ser el presupuesto, las candidaturas o el acceso a la protección política. El contenido importa menos que el gesto. No es una invitación al debate; es una prueba de alineación.
Desde hace años, la discusión electoral en México dejó de ser técnica o institucional. Se volvió únicamente moral. El árbitro ya no se evalúa por su desempeño, sino por su supuesta falta de virtud. Las reglas ya no se discuten por su eficacia, sino por su utilidad política. Así, cualquier límite al poder se presenta como obstáculo, y cualquier crítica, como traición.
Este recurso no es nuevo, pero hoy cumple una función específica: sustituir poco a poco lo que antes resolvía el liderazgo de López Obrador. Durante años, bastó su palabra para ordenar al movimiento, para cerrar filas, para congelar disputas. Ese tiempo se acaba. Y cuando el liderazgo carismático empieza a retirarse, el poder necesita otros mecanismos de control.
La llegada de Claudia Sheinbaum no elimina esa tensión; la administra. La reforma electoral aparece entonces como una forma de marcar territorio, de recordar que el poder sigue teniendo iniciativa, que aún puede incomodar, presionar, castigar. No importa tanto que la reforma avance como que haga sentir su posibilidad.
Por eso la propuesta no está pensada para ser aprobada tal como se anuncia, sino para producir efectos inmediatos: silencios incómodos, respaldos calculados, oposiciones que se miden antes de expresarse. A estas alturas, la política no se mide en votos, sino en conductas.
Lo que me preocupa no es sólo esta reforma, sino el uso que se hace de ella. Cuando las reglas se convierten en instrumentos de presión, la democracia deja de ser un marco compartido y se vuelve una fina herramienta táctica. Hoy sirve para advertir; mañana, para castigar. Y así, poco a poco, el largo plazo desaparece del horizonte.
Tal vez la reforma no pase. Tal vez se archive. Tal vez se diluya en negociaciones. Pero el mensaje ya fue enviado: las reglas pueden tocarse cuando estorban. Y en política, cuando ese mensaje se normaliza, las consecuencias suelen llegar después.

