Hay países que parecen lejanos… hasta que dejan de serlo. Donde el poder se expande sin contrapesos visibles, donde la narrativa oficial sustituye a la realidad y donde el debate público se vuelve tan estridente que muchos prefieren callar. Lugares donde las instituciones no desaparecen, pero se doblan. Y entonces, sin darnos cuenta, ese espejo ya no refleja a otros, sino que empieza a reflejarnos. Hungría es uno de esos casos.
Durante más de una década, el sistema construido por Viktor Orbán fue presentado como una anomalía difícil de desmontar. No era una dictadura clásica. Era algo más sofisticado: “autoritarismo electoral”. Elecciones libres en lo formal, pero profundamente desiguales en la práctica. Una autocracia sin tanques en las calles, pero con medios capturados, reglas torcidas y un terreno desigual.
Orbán llegó a controlar hasta 90% del ecosistema mediático. No hacía falta encarcelar opositores si podía invisibilizarlos. No era necesario falsificar votos si podía rediseñar las reglas del juego y del financiamiento. Un sistema afinado para ganar… hasta que dejó de serlo. Y así, tras 16 años en el poder, Orban reconocío su derrota en las recientes elecciones parlamentarias.
Porque incluso estos regímenes tienen su talón de Aquiles: la realidad. La corrupción y la mala gestión terminan filtrándose, incluso en sistemas diseñados para ocultarlas. Hungría pasó de promesa europea a crecimiento anémico y a cargar con la etiqueta incómoda de país más corrupto de la Unión Europea según Transparency International.
Ahí se quebró el experimento. No por un acto heroico, sino por la acumulación de errores del poder y una oposición que dejó de jugar a perder. Péter Magyar, el ganador, entendió que no podía competir en condiciones justas, pero sí cambiar el terreno; salir de las ciudades, hablar con votantes ignorados y usar redes para romper el cerco, con la corrupción como eje. La lección es clara: estos regímenes no caen solo por desgaste, sino cuando ese desgaste encuentra una oposición más eficaz.
Pero Hungría también ha sido durante años un nodo geopolítico. Para Vladimir Putin, Orbán era una cuña dentro de Europa: útil para frenar decisiones, dividir consensos y abrir puertas a la influencia rusa. Para sectores en Estados Unidos, bajo la era Trump, era un modelo ideológico conservador afin que mostraba cómo concentrar el poder sin romper del todo con la democracia.
Hungría importaba porque demostró que el autoritarismo del siglo XXI no necesita cancelar elecciones; basta con vaciarlas desde dentro. El propio Orbán lo dijo: Hungría era una especie de “placa de Petri” del iliberalismo. Y tenía razón. Pero todo experimento tiene dos caras. Si ese laboratorio sirvió para perfeccionar las técnicas de captura institucional, también podría servir para ensayar como revertirlas.
Porque lo ocurrido no es el final de un régimen, sino, en el mejor de los casos, el inicio de su desmontaje. Las redes de poder siguen ahí: cortes, burocracia, reguladores. Es decir, un partido dominante puede perder una elección y, aún así, conservar un sistema a su favor. Incluso puede apostar a que el costo económico de su propia mala gestión estalle en manos del relevo… para después regresar.
Por eso, la lección más incómoda no es que estos regímenes puedan caer. Es que pueden volver. En ese sentido, Hungría no es solo advertencia. Es también un manual. Un recordatorio de que ninguna deriva autoritaria es irreversible, pero tampoco lo es su derrota.
Periodista
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