En tiempos donde todo parece resolverse a golpe de reforma, conviene volver a una idea incómoda: el derecho no está hecho para obedecer al poder, sino para contenerlo.

Gustavo Zagrebelsky lo explicó con una claridad que hoy resulta casi provocadora. Frente a la rigidez de los sistemas normativos del pasado, planteó la idea de un “derecho dúctil”: un derecho capaz de adaptarse, de dialogar con la realidad, de no romperse frente a la complejidad. Pero esa ductilidad no era una invitación a la debilidad. Era, por el contrario, una exigencia mayor: que el derecho fuera flexible sin perder su fuerza, abierto sin renunciar a sus límites.

El problema es que, en la práctica, esa idea suele malinterpretarse.

En México, la ductilidad del derecho corre el riesgo de convertirse en otra cosa: en maleabilidad al servicio del poder. No como capacidad de adaptación, sino como facilidad para ser moldeado según la coyuntura política. Y ahí es donde la línea se vuelve peligrosa.

El legislador reformando constituciones con prisa, acumulando cambios como si la norma fuera un instrumento de urgencia; el discurso público justificando cada modificación en nombre de una respuesta a la voluntad popular, y en medio de todo, un sistema jurídico que empieza a perder densidad, a diluir sus contornos.

La ductilidad, en ese contexto, deja de ser una virtud para convertirse en un síntoma.

Porque un derecho verdaderamente dúctil no es aquel que se dobla ante el poder, sino aquel que es capaz de resistirlo sin volverse rígido. Es un derecho que admite interpretación, pero no arbitrariedad; que permite evolución, pero no improvisación.

Ahí es donde entra el papel de la Suprema Corte.

En un Estado constitucional, la Corte no está llamada a ser un actor más en la disputa política, ni un simple validador de decisiones legislativas. Su función es más incómoda: fijar límites, incluso cuando hacerlo implica enfrentarse al poder. Interpretar la Constitución no es ajustarla al momento, sino sostener su sentido frente a él.

Y sin embargo, la tentación siempre está presente.

Cuando el derecho se vuelve excesivamente dúctil, cuando todo parece susceptible de reinterpretación, el riesgo no es solo la inseguridad jurídica. Es algo más profundo: la pérdida de la idea misma de límite. Porque si todo puede adaptarse, entonces nada resiste.

Zagrebelsky advertía que el derecho constitucional moderno no podía ser un bloque rígido, pero tampoco una materia amorfa. Necesitaba equilibrio. Un punto en el que la flexibilidad no implicara renuncia, y la estabilidad no significara inmovilidad.

Ese equilibrio es, quizá, uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.

Porque en un país donde el cambio normativo se ha vuelto constante, donde las reformas avanzan más rápido que su reflexión, la verdadera pregunta ya no es cuánto puede cambiar el derecho, sino cuánto puede hacerlo sin dejar de ser derecho.

Tal vez ahí radique la advertencia más vigente: la ductilidad no debe confundirse con docilidad, pues un derecho que se adapta a todo, en el fondo, termina por no oponerse a nada.

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