Hay pinturas que explican el poder mejor que cualquier informe de La Mañanera. Con Artemisia Gentileschi, la muerte no solo es física: es simbólica. En Judith decapitando a Holofernes, lo que cae no es únicamente una cabeza, sino un régimen que se creía intocable. Un acto irreversible: la cancelación de una voz, el cierre de una era. Algo similar ocurre hoy en la política de seguridad en México.

Durante años, la política de seguridad se resumió en una consigna que pretendía ser humanista: abrazos, no balazos. Hoy, sin anuncios, esa política empieza a despedirse. Los operativos conjuntos de gran escala y los golpes directos a estructuras criminales muestran que el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum está tomando distancia de la estrategia que definió al sexenio anterior.

Lo que vino después del abatimiento de “el Mencho” no fue calma, sino una reacción que exhibió el verdadero tamaño de la situación. Bloqueos, incendios y regiones enteras paralizadas dejaron claro que el crimen organizado no es solo violencia callejera: es logística, dinero y control territorial. Tiene la capacidad de paralizar a ciudades completas. Ese despliegue no es improvisado; es poder ejercido a plena luz del día.

Frente a ese desafío, el Estado ha respondido como hacía años no lo hacía. Operativos coordinados, decomisos relevantes y detenciones de alto impacto marcan un cambio que ya no puede explicarse como continuidad. Aunque el discurso oficial evite confrontar directamente el pasado, la práctica es evidente: la política de contención pasiva quedó atrás. No se trata de celebrar la violencia, sino de asumir que el Estado no puede seguir replegado.

Este giro también debe leerse en clave económica. La inseguridad no solo cobra vidas; cobra inversiones. Aleja capitales, congela proyectos, espanta al turismo y erosiona la confianza. El daño más profundo no está únicamente en las gasolineras o camiones incendiados, sino en la percepción de que el país es imprevisible. Sin seguridad no hay desarrollo posible.

En ese sentido, la nueva estrategia no es solo un asunto policial. Es una señal de política y economía. Combatir al crimen organizado es también defender la viabilidad del Estado y la credibilidad del país frente al mundo.

El mensaje es imposible de ignorar. Es un síntoma de cura frente a la política obradorista, no únicamente en materia de seguridad, sino en la forma de ejercer el poder. La presidenta Sheinbaum no ha salido a renegar del pasado, pero en los hechos está cerrando un ciclo. Como en la obra de Gentileschi, no hay escenografía heroica: hay un acto definitivo. La decapitación de una política que confundió prudencia con renuncia y humanidad con inacción.

Decir adiós a los abrazos no es abrazar la guerra. Es aceptar que el estado no puede seguir gobernándose desde la contención simbólica. Es el gesto final con el que, la Presidenta marca distancia, ejerce autoridad y deja claro que algunas etapas –en la política como en el arte— solo se superan cuando se les decapita.

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