El 30 de abril de 1977, un grupo de catorce madres se congregó en la Plaza de Mayo, en Argentina. Después de semanas y meses buscando a sus hijas e hijos sin obtener respuestas del gobierno, decidieron transformar el dolor en resistencia. Comenzaron a marchar cada jueves como un acto de amor, memoria y exigencia de justicia.

Un año después, durante el Mundial de Fútbol de 1978, aprovecharon que los ojos del mundo estaban puestos sobre Argentina para visibilizar aquello que la dictadura pretendía ocultar: la desaparición forzada de miles de personas. Mientras los estadios se llenaban y el gobierno celebraba la fiesta deportiva, las Madres de Plaza de Mayo recordaban que había familias enteras buscando a quienes el Estado había desaparecido.

La reacción gubernamental fue predecible. La dictadura respondió con incomodidad, reforzó la censura y desplegó una intensa campaña internacional para desacreditar las denuncias, presentándolas como parte de una supuesta "campaña antiargentina".

La historia resuena dolorosamente en México.

En los días previos al inicio del Mundial, mientras algunas personas pagaban más de 125 mil pesos para asistir a la ceremonia inaugural, familias buscadoras intentaban llegar al estadio para recordarle al gobierno una verdad incómoda: sus seres queridos siguen sin estar en casa, aunque el balón sí haya regresado.

Las respuestas desde distintos niveles de gobierno han oscilado entre la indiferencia y la criminalización. Desde el anuncio de investigaciones para conocer cómo llegaron las familias, especialmente las madres buscadoras, hasta las voces que han intentado presentar su protesta como un intento de desestabilización política o incluso como un "golpe de Estado". Para algunos propagandistas, madres cargando fotografías de sus hijas e hijos desaparecidos se convierten en peligrosas adversarias políticas.

La insensibilidad tampoco se limita al poder público. Parte de la sociedad ha respondido con la misma indiferencia. Las imágenes de aficionados “celebrando” en el Ángel de la Independencia mientras utilizan lonas con rostros de personas desaparecidas para cubrirse de la lluvia, revelan una profunda incapacidad para comprender la dimensión de la tragedia.

Todo esto demuestra que nuestro país no solo es campeón en desaparición, también lo es en indolencia y criminalización de la justicia.

Como han señalado durante años los colectivos de búsqueda, una persona desaparece tres veces: la primera cuando ocurre la desaparición; la segunda cuando el Estado no la busca, la niega o la reduce a una estadística; y la tercera cuando la sociedad minimiza su ausencia y normaliza el dolor de quienes la buscan.

La crisis de desapariciones en México constituye una de las más graves emergencias humanitarias de nuestra historia reciente. Han pasado gobiernos de distintos partidos y colores, pero ninguno ha logrado comprender que este fenómeno les trasciende. No se trata de un problema exclusivo de una administración, ni de una fuerza política en particular. Es una crisis estructural que refleja el colapso de capacidades institucionales en materia de seguridad, investigación, procuración de justicia y atención a víctimas.

Por ello, que las madres buscadoras se manifiesten durante "la fiesta" del Mundial no representa una afrenta contra la presidenta Claudia Sheinbaum ni contra la jefa de Gobierno Clara Brugada. Tampoco es un intento de arruinar la celebración al resto del país. Es un grito desesperado dirigido a un Estado que ha sido rebasado en recursos, personal, coordinación, comprensión y urgencia para encontrar a quienes faltan.

Frente a una impunidad que ronda el 99%; frente a una Ley General en Materia de Desaparición construida gracias a la lucha de las propias familias; frente a comisiones de búsqueda insuficientemente financiadas; frente a comisiones de atención a víctimas sin capacidad de respuesta; frente a fiscalías sin coordinación efectiva y sin resultados consistentes, cabe preguntarse: ¿qué más pueden hacer las madres?

También resulta evidente la instrumentalización partidista de este dolor. Analistas, actores políticos y activistas de ocasión convierten las desapariciones en contenido, tendencia o capital político. Hablan de las víctimas cuando generan atención mediática, pero rara vez acompañan una búsqueda, participan en una investigación o exigen recursos a las instituciones responsables.

¿Quiénes somos nosotros para cuestionar el lugar, el momento o la forma en que una madre desesperada busca ser escuchada? ¿Quién puede establecer las reglas de la protesta cuando el Estado ha sido incapaz de garantizar siquiera el derecho básico a saber dónde está un ser querido?

La justicia no debería depender de partidos políticos. Sin embargo, han sido los propios partidos y quienes ejercen el poder los que han decidido colocar colores donde debería existir una causa común.

El balón regresó a casa, pero también a un país donde la cifra de personas desaparecidas supera la capacidad del estadio que celebró la inauguración del Mundial.

Hasta encontrarles.

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