La presidenta ha dicho en varias ocasiones que su homólogo estadounidense no está bien informado sobre la cooperación bilateral en materia de seguridad. Trump no la desmiente, ni tampoco le dice que, al igual que ella, desinformado no está, pero su tarea principal es hacer política, tal como ella. Cuando él repite, de manera incesante, que “a México lo gobiernan los cárteles”, no pretende ganar un debate, sino fijar ante un segmento de la opinión pública americana la percepción de que “México es un peligro”. Lo hace, además con el “mismo rigor” con el que Sheinbaum declara sobre el pasado inmediato de este país, o sobre las ventajas de su reforma electoral. Nada que tenga que ver con un impulso cartesiano ni ganar el premio Nobel de la exactitud, simplemente dejar establecido el dato político ante audiencias predispuestas.

Y eso es lo que, a mi juicio, no ha entendido del todo el gobierno mexicano. Nuestro país es fundamental para que funcione adecuadamente la región en los planos económico, demográfico y de seguridad. Por ello, es probable que el T-MEC se mantenga con algunos elementos que le den mayor tranquilidad a la potencia, como el manejo de sus minerales raros y un recorte de nuestra dependencia china en sectores específicos. Pero lo que no ha cambiado es la percepción que tiene Estados Unidos sobre México (y la región latinoamericana, en un sentido más amplio) que más que socios y aliados son un problema. Buena parte de la narrativa del escudo hemisférico y la nueva concepción militar de EU existen por esta asentada imagen.

En el juego de las percepciones, Trump juega con esta dualidad de país que coopera, pero que al mismo tiempo no ha resuelto el problema de fondo, que es imponerse territorialmente a los cárteles y depurar el vínculo político con las organizaciones criminales. México debe mejorar su desempeño en materia de seguridad y su prestigio general como autoridad efectiva para imponer orden en su territorio. Trump está perfectamente informado de que ese nexo sigue siendo un resorte de política interior muy fuerte y que México ha hecho poco por reducirlo. La imagen de un narco gobierno sigue viva y cada vez que CSP recuerda el caso de García Luna refuerza esa imagen.

Una de las prioridades no atendidas por el gobierno ha sido la forma en que el norteamericano promedio ve a México. Es interesante constatar que, según las encuestas, entre los americanos blancos y de mayor edad la batalla está perdida, pues su percepción de país violento y corrupto es muy difícil de cambiar, pero tenemos un espacio amplio para transformar esa percepción entre el electorado joven e inclinado a los demócratas. Los azules se muestran más dispuestos a confrontar la retórica reduccionista de Trump que los republicanos. Claro está que hay que dar argumentos a esos segmentos más proclives a una mirada menos negativa sobre México, acreditando que efectivamente las cosas están cambiando. Y para que estas cambien lo primero que debería resolver el gobierno es la percepción interna. Todas las encuestas que acreditan la popularidad de la presidenta reflejan también que el mexicano promedio considera que el poder de los cárteles es enorme. Para cambiar una percepción externa primero deberíamos lograr cambiar la interna y eso se logrará el día en que el Estado mexicano demuestre que haber decapitado a dos cárteles trajo un cambio cualitativo en Jalisco y en Sinaloa, cosa que hasta ahora no ha ocurrido.

Trump, pues, no solamente debe estar bien informado de lo que ocurre en México, sino que hace política interna con esas declaraciones.

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios