La humanidad se ha visto, históricamente, dividida entre una visión optimista de la juventud y una pesimista. Los optimistas llenan sus discursos hablando de los maravillosos años que los chicos edificarán, con las nuevas condiciones que en su generación han podido disfrutar. Para quienes venimos de la generación final de los Boomers, en donde eras uno más en prácticamente todo, a estas generaciones de hijos por diseño, en donde todo está preestablecido y muchos de ellos al nacer tienen ya seguros que garantizan su formación universitaria, les atribuimos, a veces, capacidades sobrehumanas.
Hay otra corriente, sin embargo, que tiende a pensar que cada generación empeora y desde Sumeria hasta los tiempos que corren, lamentan los estragos de la pérdida de habilidades de esta generación que hoy estudia el bachillerato y que acabará construyendo una sociedad de cretinos dedicados a aplaudir déspotas que les dan dinero.
Lo que es evidente es que cada generación tiene su propia guerra que librar. En mis años juveniles, mi padre se obstinaba por que viéramos el mínimo de televisión y la disciplina familiar se respetaba. También combatía ferozmente el consumo de refrescos y nos impedía que fuéramos más allá del Parque España, por considerarlo territorio peligroso.
Las nuevas generaciones viven la paradoja de ser más cuidadas y protegidas que ninguna otra en la historia, porque son hijos del deseo y del anhelo de vivir; existen porque así lo quisieron sus padres y no porque eran la base del matrimonio, o por que te equivocaste en la cuenta, como dice el famoso cantante. Pero, al mismo tiempo, son las generaciones menos supervisadas, pues como lo demuestra PISA, el acceso a las pantallas les abre un ciber espacio completo que los obnubila, los seduce y muy probablemente los aturde. Los padres han renunciado a cumplir su función de tutela y protección, un poco porque ignoran las profundidades de ese universo y un poco porque resulta más cómodo no supervisar, y mucho menos, experimentar el desgaste que todo gobierno supone. Son tan queridos que nos resulta terrible decirles que no pueden hacer determinadas cosas. Resulta emocionalmente más barato dejarlos hacer su santa voluntad, aunque en la misma libertad estamos hipotecando algunas de sus capacidades.
Vivimos, también, acomplejados por esa estúpida cantinela de que en su generación las cosas se hacen de otra manera. He oído, en mi edad adulta, tantas veces ese argumento de que en esta generación se hacen las cosas diferente y yo nunca quise desmontar algún argumento paterno invocando las particularidades de mi generación. Hoy parece que padres e hijos pertenecen a planetas diferentes.
Tenemos complejo de viejos, hemos consentido mucho a los hijos y nuestra ignorancia del ciber espacio nos ha llevado a darles un amplio manejo de su tiempo en pantalla. Aquí es donde la responsabilidad recae en los padres, que al inhibirse están condenando a sus hijos a tener un desempeño escolar menos favorable. No es cuestión de opiniones. A los que no leen y no dedican tiempo al estudio y a la concentración, les va peor en la vida; igual que a aquellos que, por consentimiento o pereza, deciden no ejercitarse.
Todo se paga en la vida y, por supuesto, la culpa no es de los muchachos. La candidez optimista, o el desaliento pesimista, no ayudan. No es cuestión de simplezas, se trata de disciplinar, con rigor generoso y amoroso, a los chicos. Aquí hay horas de estudio, de lectura, de ejercicio y el ocio debe ser limitado y conveniente para su edad, y eso, aunque nos pese, es responsabilidad de los padres, que tienen complejo de Pinocho.
Analista. @leonardocurzio
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