A estas alturas ya debería quedar claro que Vladimir Putin es un psicópata. La noche del sábado, mientras buena parte del mundo dormía, Rusia hizo de Kiev un infierno. Con noventa misiles y cientos de drones, las fuerzas rusas atacaron objetivos civiles: escuelas, estaciones de metro, mercados. La histórica oficina de correos en el Maidán, la plaza donde los ucranianos defendieron su democracia, quedó reducida a escombros.
Lo más ominoso fueron los métodos. Por tercera vez en la guerra larga, brutal e injustificable que comenzó contra Ucrania hace cuatro años, Putin recurrió al Oreshnik, un misil hipersónico que, según el propio Putin, se desplaza “como un meteorito” y puede penetrar con una fuerza comparable a la de un arma nuclear convencional.
¿Por qué usar decenas de misiles Oreshnik contra objetivos civiles en una ciudad capital de 200 mil habitantes?
Por desesperación.
Durante meses, Putin le ha dicho a Rusia que la victoria está cerca. Lo ha sugerido en negociaciones, lo ha repetido ante la opinión pública y lo ha tratado de usar para exigir concesiones territoriales como condición para la paz. Pero la realidad de la guerra cuenta una historia distinta.
Rusia capturó en todo 2025 poco más de 1,700 kilómetros cuadrados. En el mejor escenario para Putin, sus tropas avanzaron entre 15 y 70 metros al día. En los últimos meses de este año, Rusia ha perdido incluso ese impulso. Ahora es Ucrania la que parece avanzar, recuperando posiciones y matando entre 30,000 y 35,000 soldados rusos cada mes, sobre todo gracias al despliegue de su avanzado arsenal de drones.
El costo humano para Rusia es abrumador: al menos 320 mil muertos. Rusia está perdiendo soldados a un ritmo dos veces mayor que Ucrania, en una guerra que ya le ha costado más que cualquier conflicto de una gran potencia desde la Segunda Guerra Mundial. En los diez años de la guerra entre la Unión Soviética y Afganistán murieron alrededor de 15,000 soldados soviéticos.
Por primera vez desde el principio de la guerra, los costos de esta locura parecen comenzar a pasarle factura a Putin. Hay rumores, incluso, de presiones reales para su salida. Enfrentado con esa realidad cada vez más compleja, Putin podría haber reculado hacia una negociación. Los ataques del sábado sugieren otra cosa, desgraciadamente
A medida que aumentan las pérdidas militares y crecen las presiones económicas, los sectores más radicales dentro del régimen ruso exigen más violencia, no negociación. Para Putin, admitir que la guerra se ha vuelto inviable implicaría un riesgo político interno enorme. Por eso parece haber elegido la única opción que le permite mantenerse en el poder en el corto plazo: satisfacer a los sectores más duros con demostraciones espectaculares de fuerza, intentar quebrar la voluntad de Ucrania y apostar a que el mundo pierda interés antes de que Rusia se quede sin soldados.
@LeonKrauze
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