Hay momentos en la vida pública que dicen mucho más que cualquier discurso. Uno de ellos ocurrió ayer en el Encuentro Nacional de Mujeres para la Igualdad Sustantiva y la Democracia Paritaria, celebrado en la Cámara de Diputados. 500 mujeres reunidas en un mismo recinto, con historias, luchas y trayectorias distintas.
Ver el pleno legislativo lleno de voces femeninas fue una imagen que me provocó un nudo en la garganta y una reflexión inevitable: la igualdad no se concede, se construye.
Al entrar a un espacio así, es imposible no pensar en el camino recorrido. No hace mucho tiempo las mujeres en México ni siquiera podían votar. Mi abuela nació en un país donde eso era impensable; fue adulta en un país donde las mujeres aún no participaban plenamente en la vida política.
Hoy, varias generaciones después, vivimos un momento distinto: un México en el que las mujeres forman parte del Congreso, gobiernan estados y participan en las decisiones más importantes de la vida pública.
Que nadie se engañe: nada de esto fue gratuito. Cada espacio que hoy ocupamos fue ganado a pulso por miles de mujeres que abrieron camino antes que nosotras. Mujeres que exigieron el derecho a votar, a ser votadas, a participar; mujeres que entendieron que la igualdad no llega sola: hay que lucharla.
Por eso ver a 500 mujeres reunidas en la Cámara de Diputados tuvo un significado especial. Fue la demostración de que cuando las mujeres se organizan, dialogan y construyen juntas —desde distintos espacios y visiones— las cosas sí cambian.
Asimismo, quedó claro que aún hay pendientes. Las mujeres seguimos enfrentando brechas salariales, seguimos luchando por una representación plena y defendiendo derechos que, en una democracia como la nuestra, deberían ser incuestionables.
En este punto conviene recordar algo fundamental: muchos de los avances de las mujeres en México han sido posibles gracias a la pluralidad democrática. Fue en el debate entre distintas visiones políticas donde surgieron reformas clave que nos permitieron ocupar espacios que antes nos estaban negados.
Dicho avance no fue producto de una sola fuerza política, sino del diálogo, de los consensos y de la convicción compartida de que la democracia también debe ser paritaria.
Hoy México vive un momento histórico: tenemos presidentas en ambas Cámaras del Congreso, el mayor número de gobernadoras en nuestra historia y una mujer al frente de la Presidencia de la República. Ese país es el resultado de décadas de lucha colectiva.
Por eso, más que una celebración de lo alcanzado, el encuentro de ayer dejó claro algo fundamental: la igualdad es una tarea permanente. Y si algo quedó claro al ver a 500 mujeres reunidas en la Cámara de Diputados es que, cuando las mujeres deciden caminar juntas, el futuro se vuelve más justo y prometedor para todas.
Desde la Presidencia de la Cámara de Diputados asumo el compromiso de seguir trabajando incansablemente, junto con muchas otras mujeres, para que esa igualdad continúe avanzando.

