En el centro de la discusión pública nacional surgió el debate por la reforma constitucional que redujo la jornada laboral a 40 horas semanales que recién aprobamos en la Cámara de Diputados, un tema que va más allá de cifras y tecnicismos porque con ello, y a pesar de las críticas de pseudoanalistas, México corrige un rezago que normalizó el desgaste de millones de personas sin traducirse en mejores condiciones de vida y eso desnuda a la oposición por su rechazo de una propuesta que busca establecer una política pública en beneficio de las y los trabajadores, como un acto de justicia social conquistado tras décadas de luchas, marchas y huelgas que comenzó con el logro de una jornada de ocho horas y el derecho al descanso, por ello, esta reforma impulsada por la Presidenta Claudia Sheinbaum salda una deuda histórica con quienes han sostenido al país con su esfuerzo.

Aunque para comprender el alcance de esta transformación es necesario explicar su contenido de forma clara, pues la reforma establece que la jornada laboral se reducirá de manera gradual entre 2026 y 2030 hasta alcanzar las 40 horas semanales, sin disminuir salarios ni prestaciones, garantizando además que el trabajo extraordinario tenga límites definidos y una compensación justa, en una transición ordenada que permite a los sectores productivos adaptarse mientras se reconoce el derecho fundamental de las personas a disponer de tiempo para su vida personal, familiar y comunitaria, una dimensión que durante más de un siglo fue ignorada bajo el argumento neoliberal de que, el crecimiento económico dependía exclusivamente de la prolongación del esfuerzo físico.

Este avance, del que fui partícipe en su dictaminación, adquiere mayor relevancia en el contexto internacional, donde México ha ocupado durante años uno de los primeros lugares en horas trabajadas, de acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), sin que ello se refleje en niveles proporcionales de productividad, lo cual derrumba el mito de que trabajar más equivale a producir más, pues el agotamiento reduce la eficiencia y deteriora la salud, mientras que jornadas equilibradas fortalecen el rendimiento y el bienestar, como lo demuestra la experiencia de países como España, Chile o Canadá, que han adoptado esquemas de 40 horas semanales sin afectar su economía ni la producción, favoreciendo la estabilidad social, el consumo interno y la calidad de vida.

Aunado a eso, resulta significativo que esta propuesta no haya surgido de la improvisación ni de una decisión unilateral, sino de un proceso de diálogo en el que participaron actores fundamentales de la economía nacional, incluyendo organismos como la Confederación Patronal de la República Mexicana (COPARMEX) y el Consejo Coordinador Empresarial (CCE), así como sindicatos y especialistas, quienes coincidieron en la necesidad de implementar el cambio de manera progresiva para garantizar estabilidad, lo que desmiente la narrativa de quienes intentan presentar esta reforma como una imposición sin sustento técnico, cuando en realidad responde a un consenso que reconoce la urgencia de actualizar el modelo laboral mexicano conforme a estándares internacionales que han demostrado ser viables y beneficiosos.

Si bien algunos grupos políticos mostraron una resistencia inicial frente a este cambio, el hecho de que finalmente entraran en razón y aprobaran la reforma a la Carta Magna, puso de manifiesto que aún persistía una visión que concibe el trabajo como un recurso ilimitado, ignorando, como lo comenté al principio, que los derechos laborales han sido fruto de luchas históricas como las de Cananea, Río Blanco y la propia Revolución Mexicana, las cuales implicaron sacrificios, movilizaciones y, en muchos casos, la vida de quienes exigieron condiciones más justas, lo que permite reconocer que cada logro en esta materia no representa una concesión, sino el cumplimiento de una deuda histórica que hoy comienza a saldarse en favor de la dignidad de las y los trabajadores.

Es por ello que, la reducción de la jornada laboral no es una ocurrencia, sino la actualización de un principio fundamental que reconoce que el progreso auténtico sólo es posible cuando el crecimiento económico y la justicia social avanzan juntos, confirmando que el tiempo es el recurso más valioso que posee cada persona, y que, garantizar su equilibrio constituye una decisión que define el rumbo de una nación que ha decidido avanzar hacia un modelo más humano, más justo y más digno para quienes todos los días sostienen su presente y construyen su futuro.

Como diputado federal y presidente de la Comisión de Justicia de la Cámara de Diputados, me enorgullece haber formado parte de esta decisión histórica, porque no aprobamos solo una reforma constitucional, sino la posibilidad de que millones de personas recuperen momentos que nunca debieron perder y cada hora devuelta será un abrazo, un descanso merecido, una vida en familia con dignidad, ese es el verdadero sentido de servir, devolverle a la gente no solo derechos en el papel, sino, ahora, tiempo para vivir.

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