Si usted consulta una inteligencia artificial cualquiera le dirá que la palabra “perverso” deriva del latín perversus, lo cual significa «volteado o torcido». Si busca en otra IA que se ostente como más exhaustiva le agregará que es un adjetivo cuyo significado es "invertido", "desviado" o "corrupto", y que proviene “del participio pasado” de pervertere (pervertir), formado con per- (por completo/a través de) y vertere (girar/voltear). En latín alude tanto a algo físicamente torcido como a una conducta moralmente pervertida. Se refiere -abunda la IA- a alguien que va en contra de la norma o la moral y se usa para referir acciones crueles (un castigo despiadado) o describir la personalidad de alguien que manipula y abusa sin remordimiento, como una secuestradora o un extorsionador, y que, además, lo hace con impunidad absoluta.
Si usted busca el significado de “perverso” en el Diccionario de la lengua española encontrará algo seco y elocuente:
“Sumamente malo, que causa daño intencionadamente”.
La misión más relevante del periodismo consiste en develar los excesos perpetrados por quienes ostentan el poder. Y ahí, en ese escondrijo que en este caso podría ser una especie de reporteo gonzo, lo privado muchas veces es de interés público, así que he de decir: me consta que desde adolescente Julio Scherer Ibarra era medio perverso. Perversón, diría la banda fifí pero pacheca de Jardines del Pedregal en los años 70. Sus hermanas y hermanos no, todo lo contrario, emanaban decencia y calidez, pero él sí era silenciosamente abusivo. Navegaba con bandera de buena ondita, le copiaba sonrisas y gestos gentiles a su padre con los que trataba de seducir, pero también miradas penetrantes para doblegar. Era malvadamente manipulador.
En el barrio de Gabriel Mancera, en los rumbos fresas-rebeldes del Bol Coyoacán y la Vaca Negra, estaba catalogado, para decirlo en lengua originaria vertiente sutil, como un pasado de lanza.
¿Por qué lo sé? Porque una buena parte de nuestra infancia-adolescencia mis tres hermanas y yo la pasamos con ellos, con las hijas e hijos de Julio Scherer García y Susana Ibarra: durante un largo tiempo, hasta el golpe de Excélsior orquestado por Echeverría, nuestros padres y madres (Manuel Becerra Acosta Ramírez y Miriam Molina Sobrino, en nuestro caso) eran amigos, muy amigos, y nosotros de sus hijas e hijos, con quienes pasamos momentos realmente entrañables, salvo con María, porque era muy pequeña. Lo narré aquí en EL UNIVERSAL hace casi cuatro años, el 26 de marzo de 2022, cuando entrevisté dos veces a Julio chico en medio de uno de sus escándalos, el de presuntas extorsiones a empresarios y abogados.
Pero eso ya fue en el sexenio pasado, así que me regreso un poco. Luego de padecer en la infancia-adolescencia a Julio Jr., años después él trabajó con un pariente mío (hermano de mi madre), Enrique Molina Sobrino, un muy destacado embotellador de Pepsi-Cola (el más grande en América Latina, si bien recuerdo) que en mi opinión tuvo la pésima idea de comprar varios ingenios azucareros durante el priismo. Ahí, en el llamado Consorcio Azucarero Escorpión, la presuntamente indebida administración de Julio (director general entre 1997 y 2000, si bien recuerdo) metió en líos al grupo y sus socios, que tuvieron que huir por el acoso del gobierno de Vicente Fox, un cocacolero devenido presidente de México que les imputaba problemas fiscales para someter la producción azucarera, así que se dedicó a perseguir a los miembros del Consejo de Administración, a Enrique, su hermano Fernando, y su hijo, Enrique Molina Basteris, además de a funcionarios de menor rango.
De acuerdo con una fuente muy fidedigna, cuya versión cotejé con otra testimonial muy solvente, en aquellos tiempos Don Julio (quien siempre fue muy amable y hasta paternal conmigo cuando yo ya era adulto y dirigía un semanario chilango en los años 90, Macrópolis); en esos tremendos días de Foxilandia y su temible Secretario de Hacienda, Francisco Gil Díaz, Don Julio habría tenido que acudir hasta los inquilinos de Los Pinos para interceder a favor de su hijo (lo cual era comprensible), y fue cuando Fox y los suyos se lanzaron contra Molina y no tocaron a Julio chico, quien presuntamente era el responsable de una serie de desfalcos y evasiones al fisco en Grupo Escorpión, sobre todo vinculados a una presunta simulación de exportaciones de azúcar a España.
En síntesis, las indagatorias mencionaban que Caze habría recibido en diciembre de 1997, tiempos de Ernesto Zedillo, un subsidio de 102 millones de pesos, y en 1998 otro de 27 millones, que “no fueron utilizados de manera lícita”, sino que se obtuvieron “y ocultaron” simulando exportaciones por 131 mil 250 toneladas de azúcar.
Se ocultaron. Era cosa de seguir el dinero para constatar quién recibió qué y quién adquirió qué en esos tiempos y años después. Vaya, quién se volvió súbitamente riquísimo en sus cuentas, sus paraísos y posesiones, y quién ya era pudrimillonario y no necesitaba esa lana presuntamente mal habida.
-La codicia, Julio, la codicia… -le dije a Scherer Ibarra en 2022 al cuestionarlo sobre las imputaciones que le hacían importantes empresarios y abogados que se decían coaccionados y extorsionados por él y sus amigos para obligarlos a que sus despachos llevaron casos conflictivos que cargaban. Era algo así como: “¿Quieres que se resuelva tu caso? Tienes que dejar el despacho que lo lleva y contratar este otro y pagarle tantos millones de pesos”, o dólares, porque pedían dólares también, como si fueran reputados neoyorquinos.
-El pecado capital del diablo no es la vanidad, es la codicia, Julio: lo que te imputan pudo haber sido por codicia, por tener más y más dinero… –lo azucé en aquel entonces. Se contrariaba un poco pero no se salía demasiado de sí.
-Yo no tengo codicia, yo soy feliz haciendo cosas como esta (edificación y venta de inmuebles de super lujo en Polanco, blandía un elegante brochure). ¡Yo no quería estar en el gobierno! ¡Diez veces se lo dije! -volvía a enfatizar, aludiendo a Andrés Manuel López Obrador.
- ¿Te arrepientes de haber estado en el gobierno? -lancé un anzuelo.
- No, no me arrepiento… -me respondió contrariado.
Creo que en ese momento sí se arrepentía. Se le veía muy abatido, despojado absolutamente de todo su desmesurado poder. Estaba vulnerable. En el enlace que compartí líneas antes usted puede leer la descripción de lo que sabía a tristeza y derrota, pero como es bien conocido, en la política mexicana nadie está muerto hasta que lo entierran, así que luego de leer sus afirmaciones de estos días me parece que está gozando tremendamente su actual traición a AMLO y su movimiento, su venganza tecleada, porque claramente es un hombre con arrebatos narcisistas que no perdona a nadie que se le enfrente y se ufana de destazar y someter a quien sea.
Yo, siendo generoso, pero muy generoso, le creo a medias a Julio Jr. Le creo con muchísimas reservas todo lo que declaró para que se lo teclearan porque, aunque en su libro diga pedazos de verdades sobre las tuberías de Morena y varios de sus más oscuros personajes (cosas que ya sabíamos), sus historias provienen de _______ (complétele usted). Y el traidor de un hermano (dice que AMLO era su “hermano” pero en su libro lo hace trizas y lo exhibe como un peligroso inepto), un tipo de esa catadura… siempre me despertará suspicacias, por decirlo gentilmente, ya que es capaz de cualquier cosa, de decir lo que sea.
Usted verá.
AL FONDO
Había una vez, en los años 90, otro súbito millonario que en unos cuantos años pasó de redactar textos que le pedían en una modesta redacción, y de vivir en un piso chiquito… a tener una mansión sanangelina. Parece que le pagaban muy bien y rápido los gobiernos para los que luego trabajó. Ese personaje, cuando un grupo de periodistas publicó reportajes que documentaban e imputaban a un empresario zedillista por presuntos vínculos con el narco (Roberto Hernández, el ex de Banamex), salió a defenderlo… contra los periodistas, a los que trató de desprestigiar. Al final, hasta donde me quedé, los colegas que habían reporteado el escándalo ganaron en tribunales (incluso en Nueva York), luego de que el gobierno federal y la entonces tenebrosa PGR de Zedillo los acusaran de difamación.
Si para redactar un libro en el que traicionas ostensiblemente a tu “hermano” político (vaya carnales tuvo y tiene AMLO) te alías con un coautor así, pues entonces aplica el “dime con quién coescribes (es un decir) y te diré quién eres”. O si gustan: dime quién es tu coautor y te diré quién eres.
BAJO FONDO
Los más repulsivos personajes de la 4T están logrando que olvidemos pronto los excesos del PRI y el PAN.
Bravo.
jp.becerra.acosta.m@gmail.com
twitter: @jpbecerraacosta

