El rechazo a la reforma electoral, enviada por la presidenta Sheinbaum, tiene origen en la parte que trastoca los intereses cupulares de los partidos: dinero y listas de representación proporcional.
No es extraño que la oposición esté en contra, es su papel y busca de manera desesperada una bandera rumbo a 2027. Lo lamentable es que tanto el Partido del Trabajo como el Verde se distancien, no argumenten y solo sostengan el dicho de que la reforma regresaría al tiempo del partido hegemónico.
No han presentado una propuesta de cómo utilizar y transparentar el uso del dinero que se les otorga; ni mucho menos cómo hacer que las diputaciones plurinominales retornen a su origen: lograr una auténtica representación de las minorías.
Los partidos políticos, en nuestro país, a pesar de ser considerados “entidades de interés público” se han convertido en propiedad de grupos o familias quienes distribuyen el dinero y los cargos. Ejemplos hay muchos: Jorge Romero y su club de Toby, utilizan a sus padroneros para poner a personajes grises de la Ciudad de México como diputados de Quintana Roo; Alberto Anaya caudillo y plurinominal eterno del PT; Emilio González quien desde su casa dirige el negocio familiar que es el Verde y súmesele.
El espíritu de la representación proporcional se ha diluido. Si la oposición está borrada es justamente porque dejó de representar a las minorías y se convirtió en una industria de intereses particulares.
La reforma de la presidenta no es regresiva, propone un modelo parecido al que se aplica en la Ciudad de México, donde los mejores perdedores tienen posibilidad de entrar al Congreso. Es la representación más exacta de la pluralidad. Entonces, el debate se centra en la otra propuesta: elegir 100 plurinominales por lista y voto directo. El método puede ser bastante complejo. Es cierto que se prende que exista un compromiso, por el hecho de hacer campaña, pero se puede distorsionar la intención de representar a las minorías. La forma genuina es que los 200 plurinominales sean los mejores perdedores.
Respecto al Senado, el solo quedarse con 96 senadores (64 ganadores y 32 de primera minoría) regresa a este cuerpo legislativo a su origen: la representación del pacto federal. Se quita la distorsión de tener un listado nacional que no representa un estado en específico.
No se puede perder de vista que la representación debe de ser lo más genuina y cercana a la votación emitida por la sociedad, por eso sería necesario revisar la fórmula de sobrerrepresentación que hoy deja más dudas que certezas. Cuestionémonos: ¿porque 8 puntos es el límite de sobrerrepresentación? ¿No podía ser 5 o 10? ¿Qué no sería más fácil reconocer los votos obtenidos por cada partido? ¿Qué no privilegiar a los falsos perdedores es fomentar un sistema político donde no se compite para ganar si no para meter a los primeros de la lista? ¿Qué no tener una representación exacta fomenta un sistema competitivo y no uno mediocre como el que tenemos?
Entonces, ¿qué hacer con las plurinominales? Si escucháramos la Vox populi, Vox Dei (“la voz del pueblo, es la voz de Dios”) lo idóneo sería quitarlas porque no les encuentran sentido ni los representan, pero la historia política nos enseña que es momento retornar al origen de la representación proporcional.
Se avizora el plan B electoral de la presidenta y se abre una oportunidad para que Morena valore qué tan conveniente es tener alianzas con partidos mercenarios. ¿No sería mejor competir con sus cuadros y realizar la renovación política que tanto han mencionado? Quizá, después de 2027 se pueda impulsar una reforma electoral de gran calado. Hoy la presidenta gana porque sabe con quienes cuenta para su proyecto.
Hasta aquí Monstruos y Máscaras…
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