En dos días inicia el Mundial de futbol. Y lo demás pasará a un segundo plano. Contra los malos augurios de los sabios de ese deporte, el “respetable” daría un brazo y la mitad del otro por ver a la Tricolor campeona. Ya lo sabemos: la esperanza dura hasta que se acaba y vuelve a encenderse como lo que es, un recurso renovable (aunque un poco menguado). Ahora bien, si el milagro sucediera, si la selección ganara el campeonato del mundo, digo, es un decir:
- La euforia sería incontrolable, un remanso de bienestar cubriría al país.
- México destilaría felicidad, optimismo y un nacionalismo exultante y rudimentario a prueba de balas.
- Habría que proteger al Ángel y lugares similares de reunión en toda la República de las manifestaciones desbordadas de fiesta y relajo y de la cauda de osos y destrozos que suelen acompañarlas.
- Escucharíamos, ahora sí, por todos lados la exaltación de la Patria, rutinariamente tan maltratada.
- Las remesas crecerían en forma espectacular, y si no, diríamos que ya no hacen falta.
- Veríamos a los jugadores, entrenadores, directivos, similares y conexos, sobre un camión descubierto que saldría de Tijuana y recorrería toda la República en zigzag hasta llegar a Progreso, Yucatán. En cada ciudad, en cada pueblo, las masas vitorearían a los héroes, los cuales, con una sonrisa modesta, agradecerían los aplausos, porras, homenajes.
- Varias calles serían renombradas: la avenida Tala Rangel en Guadalajara; la plaza central de Tepeji del Río Raúl Jiménez; el monumento a los nacionalizados Álvaro Fidalgo y Julián Quiñones; y en la avenida Reforma de la ciudad de México se colocarían las estatuas de los 26 titanes del balompié junto a los héroes de la Reforma.
- Veríamos la repetición de cada uno de los partidos por televisión, con lágrimas en los ojos, por lo menos unas 150 veces, si no es que más.
- Se multiplicarían las entrevistas en todos los medios de los ídolos indiscutidos; que digo ídolos, semidioses; que digo semidioses, dioses sin odiosos remilgos.
- Se declararía un mes de jolgorio nacional, porque a pesar de las injerencias externas, México mantuvo inviolable su soberanía futbolera.
- El 15 de julio, día de la final, se introduciría al calendario cívico, como la fecha del renacimiento de los Estados Unidos Mexicanos. Cada conmemoración de la epopeya se traduciría en bailes, desfiles, kermeses, concursos de oratoria y por supuesto cierre de escuelas.
- Los registros civiles se verían inundados de nuevos nombres. Los niños y niñas recién nacidos recibirían nombres como Orbelín u Orbelina, Brian, Alexis, Johan, y sus respectivos femeninos. No faltarán los padres que bauticen a su vástago o vástaga como Gesta del 2026.
- Se agotarían las camisetas de la selección. Las oficiales y las piratas serían portadas con orgullo, y no faltarían los que las lucirían con jactancia, como retando a los extraños enemigos (todos aquellos que no tienen el privilegio de ser mexicanos).
- Para 2030, podría darse un candidato presidencial de unidad. Javier Aguirre, que cada vez que pise la calle se verá acosado por un enjambre de vociferantes aficionados agradecidos de por vida. Yo estaré entre ellos.
Profesor de la UNAM

