La UNAM tuvo que afrontar un reto mayúsculo. Evidencias mostraban que en el examen de ingreso se habían presentado anomalías (trampas) que desvirtuaban la intención de esa prueba. No faltaron las voces que de inmediato, por angas o por mangas, enfilaron sus baterías contra esa institución central de la educación superior de México. El rector nombró una Comisión Técnica para la Revisión del Proceso, integrada por especialistas reconocidos en sus respectivos campos, para explicar qué había sucedido y ofrecer una salida al problema. Tomó, como se suele decir, el toro por los cuernos. Nada de evasivas, sino estudio y búsqueda de soluciones.

El mal estaba hecho, porque una fórmula probada para evaluar a quienes desean ingresar a las licenciaturas de la UNAM había sido vulnerada. Y aquí cabe un paréntesis. Si un estudiante presenta una tesis plagiada, existe la posibilidad de que el director y los sinodales lo detecten o no, pero la responsabilidad —la falta inexcusable— es del sustentante. De igual manera, si un alumno copia en un examen puede suceder que el maestro se dé cuenta o no, pero la trampa es del estudiante. Así, pueden haber existido fallas en el diseño o monitoreo de los exámenes, pero fueron los jóvenes que perpetraron el engaño, los que quisieron pasarse de “listos”, los responsables del desaguisado.

La UNAM entonces no podía no reaccionar, no podía convalidar el intento de engaño que además afectaba a no pocos cientos (quizá miles) de estudiantes que habían actuado de buena fe. Cualquier opción seguramente causaría malestar entre algunos. Pero era absolutamente necesario poner de pie lo que algunos quisieron colocar de cabeza.

La propuesta de la Comisión tiene lógica, es pertinente y ayuda a despejar dudas y a atajar a quienes quisieron tomar ventaja de manera inescrupulosa. La UNAM aplicará un examen de control a todos aquellos que en principio habían “ingresado” a la UNAM y a quienes obtuvieron un puntaje igual o mayor al mínimo de aciertos necesarios para ingresar entre 2021 y 2025 (los posibles afectados por los timos). Recordemos que el tema empezó a explotar porque los resultados del examen eran atípicos comparados con los del pasado inmediato. Antes, el 3.5% de los que presentaban el examen lograban más de 100 de 120 posibles aciertos; mientras en 2026 fue el 16.3%. Antes, sobrepasaban el umbral de los 110 aciertos el 0.9% de los estudiantes y ahora esa cifra ascendió a 5.5% (esos datos los retomo del magnífico artículo de Javier Martín Reyes, “La salida menos mala”, publicado en EL UNIVERSAL, 31 de julio).

Por supuesto es natural que quienes actuaron de manera correcta y ya habían sido notificados de que ingresarían a la UNAM se sientan decepcionados y nerviosos. A ellos el rector ofreció una disculpa y dijo correctamente: “Es necesario para dar certeza y garantizar la equidad en el acceso. Tengan la confianza de que obtendrán un buen resultado y confirmarán su ingreso a la UNAM”. Y ojalá así sea.

No han faltado los que a río revuelto quieren medrar con la necesidad de los jóvenes y anuncian que están dispuestos a presentar amparos contra la decisión de la UNAM. Imagino que acudirían a ese expediente aquellos que saben que sin trampas no pueden obtener una calificación que les permita su ingreso. Pero sería una desgracia que jueces otorgaran los mismos, cuando los sustentantes tienen la oportunidad de entrar por la puerta grande. Son un poco más de 58 mil los que serán convocados a realizar el examen de control, ahora presencial. Una salida aceptable.

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