El próximo 16 de marzo comenzará en Washington la primera ronda formal de conversaciones rumbo a la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá -T-MEC-. A simple vista podría parecer un proceso técnico, rutinario incluso. Los tratados comerciales, se diría, están hechos precisamente para revisarse y actualizarse, pero esta vez el contexto político obliga a mirar el proceso con mayor atención. No será una negociación ordinaria.
Para México el T-MEC constituye la columna vertebral de su relación económica con Estados Unidos. El comercio bilateral supera los 800 mil millones de dólares anuales y millones de empleos dependen directa o indirectamente de ese intercambio. De ahí que, según diversas consultas recientes, cerca de 30 sectores productivos mexicanos respalden la continuidad del acuerdo y alrededor del 84% se manifiesten a favor de su permanencia. La razón es clara, sin el tratado, el modelo exportador mexicano quedaría seriamente debilitado. En la práctica, Trump ha utilizado los tratados comerciales más como palanca de presión política que como instrumentos estables de integración económica. Ya ocurrió durante la renegociación del antiguo TLCAN, cuando la amenaza de cancelarlo se convirtió en un recurso recurrente para arrancar concesiones. Esta vez no será distinto, la renegociación se perfila como terreno propicio para nuevas presiones. Trump suele negociar desde posiciones extremas, abrir con demandas inaceptables, manteniendo siempre la posibilidad de romper la baraja, con un estilo que no busca generar certidumbre, sino adquirir ventaja.
En tal contexto, el T-MEC podría convertirse más que un acuerdo comercial, en un instrumento de presión estratégica. Hay varios frentes posibles, el primero es el automotriz, en que Estados Unidos podría intentar endurecer reglas o introducir nuevas exigencias destinadas a favorecer la relocalización de ciertas inversiones en su propio territorio. No sería la primera vez en que el sector automotor aparece como moneda de cambio. Otro frente es el energético, donde persisten tensiones derivadas de la política mexicana de fortalecer a las empresas estatales. Pero quizás el terreno más delicado se encuentra fuera del comercio, Trump ha insistido en su narrativa sobre el combate a los cárteles y la migración, temas que podrían filtrarse en la negociación comercial. No sería extraño que en algún momento aparezcan presiones vinculadas a seguridad, cooperación militar o acciones más agresivas contra el narcotráfico. El mensaje implícito podría ser simple, si México quiere estabilidad comercial, tendrá que mostrar mayor disposición en otros frentes. La táctica no es nueva, el propio Trump la utilizó en el pasado cuando amenazó con aranceles para obligar a México a endurecer su política migratoria. Por eso, más que una revisión técnica del tratado, lo que está comenzando es un periodo de negociación política prolongada.
Durante los próximos meses probablemente escuchemos declaraciones contradictorias como insinuaciones de cancelación del acuerdo, advertencias sobre desequilibrios comerciales, demandas inesperadas, el estira y afloje será parte del método. En ese escenario, México enfrenta un doble desafío, por un lado, preservar un tratado que sigue siendo vital para su economía y por el otro, evitar una dependencia que se convierta en herramienta permanente de presión. Porque el verdadero riesgo no es que el T-MEC desaparezca, el verdadero riesgo es que se utilice como instrumento de chantaje.
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

