Hubo un tiempo -no tan lejano- en que el Instituto Nacional Electoral era, junto con el Banco de México, una de las instituciones públicas más respetadas del país, sus resultados no se regateaban. El Programa de Resultados Electorales Preliminares, el famoso PREP, era referencia obligada la noche de la elección. La palabra fraude fue desapareciendo del vocabulario cotidiano y sin discusión, con mayor o menor resignación, las derrotas fueron aceptadas.

Con ese árbitro ganó Morena en 2018, volvió a ganar en 2021 y en 2024 refrendó el triunfo, incluso imponiendo una cómoda y polémica sobrerrepresentación legislativa. Es decir, el sistema que hoy se quiere reformar fue el mismo que llevó al poder a quienes hoy lo cuestionan. Por eso la pregunta flota en el ambiente: ¿Qué necesidad había de alborotar el gallinero cuando el país enfrenta problemas mucho más urgentes?

Claudia Sheinbaum sostiene que la reforma responde al clamor popular, la gente la pidió, la exigió, casi la ordenó, ella simplemente obedece al pueblo sabio presentando finalmente su Decálogo por la Democracia. Pero no basta con invocar al pueblo, hay que medir consecuencias, que en este caso significan fractura, incertidumbre y tensión, incluso con los propios aliados, justo lo que ha sucedido con el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista, que no parecen dispuestos a ceder prerrogativas ni espacios ya conquistados. La representación proporcional —los famosos plurinominales— es su tabla de salvación, reducirla o modificarla significa perder presencia, recursos y poder. Y nadie se suicida políticamente por convicción democrática. El PREP es otro punto neurálgico, desaparecerlo o debilitarlo no es un asunto técnico, es tocar la fibra de la confianza ciudadana. La información casi instantánea la noche electoral no solo da datos, da certeza. Quitarla es abrir la puerta a la sospecha, lo cual significa una afrenta a la larga memoria electoral.

La presidenta afirma que si la reforma no pasa, quedará tranquila por haber cumplido con el mandato popular, pero si la reforma sale adelante, quedará la convicción de que ésta fue impuesta más por orgullo presidencial que por consenso general. No es menor que voces experimentadas como las de Manlio Fabio Beltrones, Francisco Labastida, Diego Fernández de Cevallos y Jorge Alcocer hayan planteado una contrapropuesta a favor de fortalecer la democracia, contrarios a abaratarla, defendiendo la permanencia del PREP, cuestionando la sobrerrepresentación y proponiendo ajustes sin desmantelar lo que ha funcionado, no por nostalgia, sino por cautela institucional.

En tanto, el Verde, fiel a su trayectoria, anuncia estar de acuerdo con 95% de la reforma, ya solo falta, claro, “afinar” el otro 5%. Por su lado el PT ya ingresado cheque por 828 millones de pesos en prerrogativas, podría convencerse de flexibilizar sus “convicciones”. Se busca ahorrar centavos en el sistema electoral, mientras se dilapidan pesos en torno a obras emblemáticas, podría mejorarse la asignación de recursos sin desmontar la arquitectura que dio estabilidad durante décadas. Reformar por reformar no siempre es avanzar.

Claudia Sheinbaum descarta que Morena aspire a convertirse en partido de Estado, ojalá tenga razón, pero cuando se alteran las reglas del juego desde el poder, la sospecha es inevitable, más que certezas, la reforma genera inquietud.

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios