La verdad ha dejado de ser real, o eso es lo que desde el poder pretenden que aceptemos.
Desde que el 54 por ciento de los escaños otorgados a Morena y sus aliados se convirtió en 75 por ciento, ostentando una mayoría absoluta no obtenida en las urnas, empezó a falsearse la realidad. Los votos fueron unos, la representación legislativa otra y, a esa diferencia se le llamó democracia.
Desde que se solapan funcionarios, empresarios y amigos cercanos al poder cuando aparecen contratos, negocios, relaciones y documentos que merecen ser investigados, la verdad dejó de importar. Se denuncia un clan, se exhiben pruebas comprometedoras involucrando a personajes públicos y no se mueve ni la hoja de un árbol. Se señala a Rocha Moya, a Insunza, a María del Pilar o a cualquier otro relevante funcionario, la respuesta debería ser elemental: investigar. ¿Y qué tal si hay algo de verdad? ¿qué tal si alguna de esas acusaciones tiene fundamento? Que se investigue, lo que no puede hacerse es proteger a los amigos antes de revisar los hechos.
Desde que nos dicen que el PIB ya no es significativo, que existen otras maneras de medir el progreso y que el crecimiento económico no es indispensable para saber si un país va bien, también se pretende alterar la realidad. El PIB no lo mide todo, pero un país que no crece, difícilmente puede generar más empleos, mejores salarios y mayores oportunidades, los discursos no producen crecimiento, las cifras sí muestran lo que está ocurriendo.
Desde que se pretende presentar a Pemex como una empresa sana cuando sus propios números cuentan otra historia, cabe preguntarse si no estamos, una vez más, echando dinero bueno al malo. Se le puede inyectar todo el dinero que se quiera, pero una empresa que sigue dependiendo del dinero público para enfrentar obligaciones, no puede presentarse como financieramente sana.
Desde que en 2024 se adelantó la sucesión presidencial mediante una fórmula que permitió hacer campaña sin llamarla campaña, se empezó a jugar nuevamente con las reglas y con las palabras. Ahora se repite el mecanismo, se destapan aspirantes antes de los tiempos electorales presentándolos como “coordinadores de la transformación”, se esquivan las reglas y después se pretende que aceptemos la ficción.
Desde que se pretende que aceptemos que lo evidente no es evidente, la verdad dejó de ser incómoda para convertirse en algo que el poder quiere controlar. Desde que una elección puede convertir 54 en 75% sin que nadie cuestione la distancia entre los votos y la representación. Desde que un contrato puede permanecer sin investigación. Desde que una acusación puede ser ignorada porque involucra a los cercanos al poder. Desde que un candidato deja de ser candidato simplemente porque le cambian el nombre. Desde que una empresa quebrada puede presentarse como sana porque se cambia la narrativa. Desde todo lo anterior, lo que está en juego ya no es solamente una elección, un contrato, una empresa o una cifra, está en juego la verdad, suplantada por otra verdad: la conveniente. La verdad puede ocultarse, puede manipularse, puede negarse, pero no puede desaparecer: las cosas son como son.
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