Estamos ante una decisión política que no admite ambigüedades. La visita de Felipe VI no es un acto protocolario menor ni una nota diplomática más, es la oportunidad de corregir una ruptura artificial que el gobierno anterior provocó y que México no tiene ninguna razón para prolongar. Mantener “en pausa” la relación con España ha sido un gesto ideológico sin utilidad práctica, sin beneficio estratégico y sin respaldo en el interés nacional. Hoy, la presidenta Claudia Sheinbaum tiene frente a sí una disyuntiva clara, insistir en una distancia simbólica que empobrece la política exterior de México o en restablecer una relación histórica, económica y cultural que nunca debió deteriorarse. Lo que ocurra en esta visita dirá más sobre la orientación de su gobierno que cualquier discurso.
Durante años la relación bilateral quedó atrapada en una exigencia imposible, pedir al Rey de España una disculpa por hechos ocurridos hace más de cinco siglos. Esa demanda no sólo era políticamente inviable, sino conceptualmente equivocada. Felipe VI no conquistó México, no ordenó abusos, no existía siquiera el Estado español en su forma contemporánea cuando ocurrieron aquellos hechos. Pero el problema de fondo es más grave, se construyó una política exterior sobre una interpretación ideológica del pasado y no sobre el interés del presente. Esa lectura terminó imponiéndose en Palacio Nacional y derivó en una decisión insólita para cualquier Estado con vocación pragmática: suspender relaciones con uno de sus socios más relevantes.
El error fundamental es persistir en categorías históricas simplificadas, ni España era la España moderna, ni México era México. En el siglo XVI no existían Estados nacionales como los conocemos hoy, en estas tierras convivían mexicas, tlaxcaltecas, mayas purépechas y múltiples pueblos con estructuras políticas propias, muchas veces en conflicto entre sí. Lo que ocurrió no fue el choque entre dos naciones modernas, sino un proceso histórico complejo que terminó configurando un nuevo orden que lejos de constituir una separación clara entre conquistadores y conquistados, lo que siguió fue una profunda amalgama. De ese encuentro -conflictivo, desigual y también creativo- surgió la Nueva España primero y el México posterior. La realidad mexicana no puede entenderse sin reconocer esa mezcla: somos una nación mestiza. En nuestra identidad conviven raíces indígenas y españolas, expresadas en la lengua, la cultura, las instituciones, los apellidos y la vida cotidiana. La paradoja es evidente, se pretende sostener una confrontación permanente entre dos realidades que, en buena medida, ya forman parte de una misma historia compartida. Por eso resulta artificial insistir en un distanciamiento diplomático que no corresponde ni a la historia ni al presente.
España es uno de los principales inversionistas en México y un actor clave en la vinculación del país con Europa. El intercambio comercial asciende a miles de millones de dólares cada año, existe también un flujo constante de intercambio turístico, académico y cultural; universidades, empresas centros culturales y familias sostienen una relación cotidiana que la política no puede borrar. México enfrenta problemas demasiado serios como para seguir atrapado en disputas simbólicas.
Hoy Felipe VI llega a México, la decisión es de la presidenta, mantener la pausa sería insistir en un error, levantarla sería actuar como estadista.
Analista
dft

