El Premio Nobel de la Paz es considerado el máximo reconocimiento moral en la política internacional. No se trata de una medalla más, ni de una distinción honorífica intercambiable, es un galardón personal, intransferible, no endosable y, sobre todo, no comercial. El Comité Noruego del Nobel, con más de un siglo de historia, ha construido su prestigio precisamente sobre esa idea: el premio se otorga a quien lo merece, no a quien lo desea ni a quien lo exige.
Por eso resulta perturbador lo recién ocurrido con María Corina Machado, indiscutible merecedora del Nobel de la Paz por su lucha política contra el régimen de Nicolás Maduro y por haber sostenido una vía democrática en condiciones extremas, al haber decidido “regalar” simbólicamente su premio al petulante Donald Trump. Actuó como si el Nobel fuera suyo para disponer de él, como juez y parte, jurado y beneficiaria al mismo tiempo. El gesto no es menor, no es una cortesía inocente ni un acto meramente simbólico, es una degradación del sentido mismo del Nobel. Machado no entregó una medalla, entregó la idea de que el Nobel puede convertirse en moneda de cambio, en ofrenda política, en tributo para congraciarse con el poder. El mensaje implícito es claro: te cedo el prestigio moral más alto del planeta a cambio de apoyo político. Vulgar cortesana. Trump, ufano, aceptó el galardón, alardeando ser el merecedor del Nobel por haber detenido -según él- al mínimo ocho guerras. Como si la paz fuera un logro contable, como si bastara proclamarla para poseerla. Trump no recibió un premio, recibió una coartada moral que él mismo se apresuró a explotar.
En significativo episodio, Trump vinculó su postura agresiva sobre Groenlandia con el hecho de que el año pasado no le fue otorgado el Nobel de la Paz. En conversación con el primer ministro de Noruega, confesó ya no sentir la obligación de “pensar puramente en la paz”, menospreciando el derecho de propiedad de Dinamarca sobre Groenlandia al carecer de documentos escritos, “solo porque un bote arribó allí hace cientos de años, pero nosotros también tenemos botes que llegaron allí. He hecho más por la OTAN que cualquier otra persona desde su fundación y ahora la OTAN debería hacer algo por los Estados Unidos. El mundo no está seguro mientras no tengamos control completo y total de Groenlandia”. Trump en Davos: “Europa no va en la dirección correcta”, lanzándoles la siguiente advertencia: “Puedes decir que sí y te lo agradeceremos, o puedes decir que no y te lo recordaremos”.
Preocupa la normalización de las conductas trompianas, cuando una líder democrática latinoamericana se presta a participar en absurda farsa, dejando al descubierto hasta qué punto la desesperación política puede llevar a la renuncia de principios fundamentales. El Nobel de la Paz pertenece más a la historia que lo juzga que a quien lo recibe. No puede ser usado como obsequio ni como moneda diplomática, al convertirse en mercancía, pierde su razón de ser, y cuando la paz se invoca como pretexto para imponer aranceles o reclamar territorios ajenos, deja de ser paz y se transforma en simple parodia del poder. El Nobel no se regala, se honra.

