En 2026, el mundo vive un reordenamiento global de poder, alianzas y conflictos. No se trata de crisis aisladas, sino de una recomposición geopolítica profunda, donde viejos equilibrios se rompen y nuevas ambiciones emergen. El orden liberal posterior a la Guerra Fría se debilita aceleradamente, mientras las potencias actúan con menos pudor, más fuerza y menor coordinación estratégica.
En América Latina, el péndulo ideológico se mueve, pero aún no se asienta. Brasil sigue gobernado por Lula da Silva, una izquierda pragmática que privilegia estabilidad macroeconómica, aunque enfrenta desgaste político y polarización social, con margen de maniobra reducido ante una sociedad fragmentada y un Congreso adverso. Argentina representa el caso más disruptivo del giro ideológico regional, con Javier Milei que no solo giró a la derecha, sino que abrazó un proyecto abiertamente antisistema, liberal extremo y confrontativo, respuesta al colapso económico, a la inflación crónica y al descrédito de la clase económica tradicional. En Colombia, el izquierdista Petro, confrontó a Trump, quien parece haberlo aplacado tras reservada llamada telefónica, ante límites fiscales y alta presión internacional. Chile se encamina hacia un viraje radical, con una extrema derecha que capitaliza el fracaso del progresismo. Más que una victoria conservadora, se observa el agotamiento del ciclo ideológico regional.
México, dentro del entramado de la relación con Estados Unidos, se ve presionado por la exportación de petróleo crudo a Cuba. Tras la reducción del suministro venezolano, La Habana depende del petróleo mexicano, mismo que no se cobra íntegramente y opera como subsidio energético. Para Washington, este flujo es inaceptable. Trump busca asfixiar al régimen castrista y sabe que sin combustible no hay control social ni estabilidad económica. El objetivo es cerrar el suministro antes del 26 de julio, fecha simbólica para el castrismo. México queda atrapado entre ideología, costo fiscal y presión estratégica. Aunado a lo expuesto, Trump persiste en realizar incursiones terrestres en territorio mexicano para ejecutar operaciones “quirúrgicas” contra cárteles del narcotráfico. Bajo el argumento de seguridad nacional, la propuesta normaliza la violación de la soberanía mexicana y convierte el uso de la fuerza extranjera en herramienta regular de presión política. Añadamos la amenazante declaración de Trump de que para Estados Unidos el T-MEC es prácticamente peccata minuta, su país ya no requiere el acuerdo porque fabricará sus automóviles dentro de su propio territorio.
El arrogante Trump no negocia, impone, no construye consensos, exige subordinación, en política exterior sustituye la diplomacia por fuerza y ejerce el poder sin miramiento. Su influencia atraviesa todos los grandes frentes abiertos. En Ucrania, ha debilitado el compromiso occidental, cuestionando el costo de sostener a Kiev y erosionando la cohesión de la OTAN. En Irán, Trump insta a una escalada regional, alebrestando a los manifestantes contra el régimen del Ayatola, exhortándoles a tomar sus instituciones, anunciando que la “ayuda está en camino”, amagando con imponer aranceles del 25% a quienes negocien con el régimen. Frente a China, combina contención económica con retórica confrontativa, acelerando la fragmentación del sistema global. En este contexto, México debe actuar con prudencia estratégica defendiendo alianzas, evitando quedar atrapado en una lógica de presión unilateral que reduzca su margen de maniobra en un mundo cada vez más convulso.

