El zafarrancho ocurrido en la Cámara de Senadores quedará como una vergonzante mancha en la vida parlamentaria de México. El recinto de la razón y el debate convertido en cuadrilátero de la agresión y el combate. Los protagonistas: Alejandro “Alito” Moreno y Gerardo Fernández Noroña, dos personajes habituados a la estridencia verbal, que reemplazaron las palabras por los golpes.
¿Quién tuvo la razón? Ninguno. Ninguno está al nivel de los electores a quienes deberían representar. Profanar el recinto del Senado con tanta ofensa, tanta vulgaridad, tanto desparpajo acumulado, tenía que culminar en golpes, algo nunca visto, ni siquiera imaginado. ¿Quién pierde? Perdemos todos, los electores, las instituciones, la democracia, pierde México.
El contexto no es menor. El PRI llegó golpeado a la sesión, apenas un día antes había renunciado su senador por Puebla, dejándolo con solo 13 integrantes de su bancada, lo que los desplaza a la cuarta fuerza política en el Senado, perdiendo privilegios, entre ellos la vicepresidencia de la Mesa Directiva. Ese lugar pasará ahora al acomodaticio Partido Verde. El golpe político fue duro, la visceral reacción de Alito fue la chispa que incendió la pradera.
Pero lo que indigna no solo es la coyuntura, sino la degradación de las formas. Antes, para llegar al Congreso se requería madurez, principios y respeto. Se esperaba que un legislador fuera un ciudadano ejemplar, alguien digno de confianza popular. Hoy, en cambio, vemos a representantes, a los dirigentes de la República, confundiendo la fuerza de la voz con la solidez de los argumentos, creyendo que ganar el pleito es más importante que convencer con razones. Lo sucedido rompe con los moldes de una sociedad civilizada. La democracia se alimenta de confrontación de ideas, de debate intenso, incluso de pasión, pero nunca de golpes. El momento en que el Senado se convierte en ring, la democracia retrocede décadas. Porque lo que ha quedado en evidencia es que la tribuna dejó de ser espacio de persuasión para convertirse en espacio de humillación. Y cuando se normaliza la ofensa, el siguiente paso es la violencia. Algunos dirán que la política mexicana refleja lo que somos como sociedad: broncos, irreverentes, faltos de respeto. No estoy de acuerdo, México merece mucho más, nuestra historia ha tenido a parlamentarios de talla, capaces de debatir con energía y altura, sin degradar el recinto. Lo recién ocurrido es una caricatura del parlamentarismo, un insulto a los ciudadanos que esperan propuestas y soluciones reales. “El que se lleva se aguanta” reza el dicho popular, pero una cosa es el barrio y otra el Senado. Lo acontecido es el resultado de una política degradada que, si no rectifica, terminará por sepultar la escasa confianza que aun guardan los ciudadanos en sus instituciones.
México necesita representantes, no rijosos. Y desde hoy, lo queramos o no, el respeto al Senado ya no es el mismo. Si toleramos que el Senado se convierta en circo, mañana lo será también la democracia entera. Los ciudadanos debemos exigir altura, no espectáculos. El respeto perdido no se recuperará con discursos vacíos, sino con sanciones y con dignidad. De lo contrario, lo de hoy será apenas el preludio de lo peor.