“¿Y por qué se tendría que investigar a los hijos de López Obrador? ¿Cuál es la razón?”. Así respondió, iracunda e indignada, Claudia Sheinbaum a una pregunta incómoda durante su conferencia matutina, en medio de la polémica por la investigación sobre el mayor quebranto documentado en la historia moderna del país: el huachicol fiscal.

La pregunta, sin embargo, parte de una premisa equivocada. En una democracia moderna no se investiga por consigna ni por animadversión, pero tampoco se cancela una indagatoria por apellido. Se investiga cuando hay indicios, documentos, conflictos de interés y patrimonios que no cuadran. Y en este caso, razones sobran.

Una de ellas es El Clan, nombre con el que se conoce la investigación que documentó una red de tráfico de influencias y negocios opacos en torno a los hijos mayores de Andrés Manuel López Obrador y a su círculo cercano de empresarios, operadores y funcionarios públicos. Audios, archivos y contratos exhibidos colocaron en el centro del debate la relación entre poder político y poder económico, uno de los mantras del expresidente.

La red opera a través de posiciones estratégicas dentro del gobierno ocupadas por amigos cercanos de Andy López Beltrán a quienes habría colocado en puestos clave del gobierno de su padre y desde ahí facilitar el acceso a contratos y negocios. Entre ellos destacan Marath Baruch Bolaños, secretario del Trabajo ratificado en el nuevo gobierno; Daniel Asaf, exjefe de la Ayudantía de la Presidencia y hoy diputado federal; y Antonio Martínez Dagnino, titular del SAT y amigo de Andy desde la preparatoria, con control sobre áreas críticas como fiscalización y aduanas. El Clan habría recibido decenas de contratos de obra y prestación de servicios en diversas dependencias del gobierno federal, como Sedatu y Semarnat, así como en gobiernos estatales de Morena, entre ellos Tabasco y Quintana Roo.

La gravedad aumenta con los audios de llamadas telefónicas filtradas sobre el negocio del balasto. En ellos se escucha a Amílcar Olán, empresario y amigo personal de Andy, alardear con Pedro Salazar Beltrán, primo de los López Beltrán, sobre cómo habría conseguido la exclusividad del suministro del mineral para el Tren Maya y posteriormente para el Tren Interoceánico, presuntamente con la ayuda y las influencias de Bobby López Beltrán. En esas llamadas se habla de manipular pruebas de calidad, incluso de pagos para que los laboratorios no frenaran el material, así como de sobornos. Ahí aparece la frase que se volvió símbolo del escándalo: si después hay un descarrilamiento, “ya será otro pedo”.

Y efectivamente, el Tren Maya ya ha registrado al menos dos descarrilamientos documentados y, a finales de 2025, el Tren Interoceánico sufrió uno con 14 víctimas mortales y decenas de heridos. Hasta hoy no existen indagatorias judiciales derivadas de esas grabaciones.

Otro caso que amerita una indagatoria es el de José Ramón López Beltrán y la llamada Casa Gris. Él y su esposa, Carolyn Adams, habitaron entre 2019 y 2020 una residencia de lujo en Texas, ubicada en un terreno de aproximadamente 2,500 metros cuadrados, con bar, cine privado, jardín extenso y una alberca de 23 metros de largo, propiedad de un alto ejecutivo de Baker Hughes, empresa transnacional contratista de Pemex. Se publicaron documentos que acreditan coincidencias temporales entre la ocupación del inmueble y la firma de contratos millonarios con filiales de la empresa en Estados Unidos. De inmediato vino el deslinde presidencial y una exoneración administrativa exprés por parte del propio gobierno. Ese fue el carpetazo con el que el obradorismo intentó controlar la crisis.

Hay más. El año pasado, los hijos de López Obrador volvieron a aparecer alrededor del caso del huachicol fiscal. Se filtró a los medios la carpeta de investigación de la Fiscalía General de la República. En ese expediente aparecen los nombres de Andy y Bobby López Beltrán, no como imputados formales, pero sí como referencias dentro de la investigación. Andy es mencionado como protagonista de tensiones internas y disputas dentro del gobierno por el control del negocio del huachicol. También se alude a una supuesta reunión, a finales de 2021, que Bobby habría sostenido con diversos personajes ligados a la trama delictiva, entre ellos los sobrinos del entonces secretario de Marina y presuntos líderes del grupo criminal dedicado al tráfico ilegal de combustibles desde las aduanas.

A todo ello se suma el inventario de lujos y excesos que desmoronó el discurso de la austeridad republicana y la pobreza franciscana del obradorato. No es ilegal viajar ni consumir marcas, pero sí es políticamente demoledor hacerlo mientras se predica la justa medianía. En julio de 2025, Andy López Beltrán fue exhibido en Tokio hospedándose en hoteles de lujo y realizando compras de alta gama, incluso de costosas obras de arte. Posteriormente circularon reportes sobre elevados gastos en consumos y cenas que llevaron el tema a la prensa internacional. En diciembre de ese mismo año, José Ramón fue captado en Houston saliendo de Loro Piana, una de las marcas más lujosas del mundo. Estos son solo los episodios más recientes: el historial incluye viajes a Aspen, recorridos por Europa, residencias ostentosas y la boda de Bobby en un exclusivo complejo turístico de la Riviera Maya. Jamás han podido explicar con claridad el origen de su fortuna ni se les conoce una trayectoria profesional productiva previa a la llegada de su padre a la Presidencia.

Sheinbaum tiene razón, no hay nada qué investigar. Excepto una red de influyentismo documentada, audios con nombres y negocios, riesgos técnicos que se materializaron en muertes, coincidencias en contratos públicos millonarios, referencias en un expediente sobre crimen organizado y un estilo de vida incompatible con ingresos conocidos.

En una auténtica democracia, nadie está por encima del escrutinio público, ni siquiera los hijos del expresidente o del mentor político de la Presidenta. El poder no hereda impunidad. Y quien se ofende ante la palabra “investigar” no defiende a una familia: defiende un privilegio y exhibe su miedo.

Diputado federal

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