Analistas y observadores han dedicado horas de discusión y ríos de tinta a especular sobre la justificación y los objetivos estadounidenses del ataque a Irán: ¿re-destruir el programa nuclear, cambio de régimen, complacer a Netanyahu, otra cortina de humo, petróleo, hubris? La propia administración Trump se contradice. Ahora, desesperados, buscan una rampa de salida. No va a resultar fácil. Ante un nuevo episodio de decisiones precipitadas y previsiblemente irracionales, muchos expertos alegan que resultaría menos complicado descifrar a Trump si se lograra entender qué pasa por su cabeza.
Las sospechas de que Trump sufre algún tipo de desorden mental preceden a su carrera política. Durante la primera presidencia del estadounidense, los medios tradicionales, ya fueran de televisión abierta o impresos, tomaron la decisión de no cubrir noticias, discusiones o especulaciones sobre su salud mental por diversas consideraciones, incluyendo la opinión de la Asociación Psicológica Americana y la regla conocida como Goldwater. Consecuencia de la controversia en torno a un estudio sobre la salud mental del que sería candidato presidencial republicano en 1964, la regla establece que “no es ético que un psiquiatra ofrezca una opinión profesional a menos que haya realizado un examen con la autorización” del sujeto en cuestión. En otras palabras, no es apropiado emitir una valoración sobre la salud mental de una figura pública como Trump sin haberlo examinado personalmente.
No obstante la regla Goldwater, un creciente número de medios y psiquiatras de EU argumentan que los tiempos han cambiado y que la hiperexposición mediática de Trump (miles y miles de posts y de horas en video) permite hacer una valoración bastante precisa sobre su salud mental. Como resultado, se ha comenzado a generalizar la opinión de que Trump ha sufrido durante años un trastorno narcisista maligno de personalidad que se distingue por combinar “una grandiosidad extrema con paranoia, comportamiento antisocial y sadismo… y se caracteriza por un deseo deliberado de manipular, explotar y destruir a los demás para obtener beneficios y control personales”.
Según varios especialistas, incluyendo John Gartner, a dicho trastorno parece haberse agregado una condición asociada con la edad, conocida como demencia frontotemporal, enfermedad neurodegenerativa progresiva e incurable, que afecta la personalidad con síntomas que incluyen cambios extremos de ánimo, comportamiento social inapropiado y pérdida del lenguaje. El mundo entero ha sido testigo de lo extremas que se han vuelto algunas declaraciones de Trump, de sus frecuentes insultos, sus continuos cambios de opinión y una ciclotimia que se ha venido exacerbando en los últimos meses, conducta similar a la desinhibición que provoca el alcohol y que recuerda las declaraciones de su jefa de gabinete, quien afirmó que el presidente estadounidense tiene “la personalidad de un alcohólico”.
Una combinación de narcisismo y demencia puede resultar explosiva para la familia y el entorno de cualquier enfermo. En el caso de Trump, su entorno es el mundo entero. De ahí la preocupación. Una cosa eran las “excentricidades” de un mandatario “pacificador”, aspirante al Premio Nobel de la Paz; otra muy distinta es ser responsable de un creciente número de muertes dentro y fuera de EU. Manipulable y crédulo, Trump carece de consistencia y estrategia. Irán es una expresión más de sus continuas y cada vez más inmanejables fugas hacia adelante. El daño está hecho. Con sus delirios, inseguridades, codicia y corrupción, nos arrastra consigo.
Diplomático de carrera por 30 años, fue embajador en ONU-Ginebra, OEA y Países Bajos @amb_lomonaco
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