«Lo preocupante no es la perversidad de los malvados, sino la indiferencia de los buenos».

MLK Jr.

En el atardecer del 4 de abril de 1968, el sol se despedía entre las nubes, cuando Martin Luther King Jr., salió al balcón del segundo piso del Motel Lorraine, exhausto, pero firme; vestía con sobriedad; un traje oscuro, camisa blanca y corbata perfectamente anudada. Sus ojos cansados, recorrían la calle como quien busca más allá de lo visible; sus labios nerviosos musitaban algo, como queriendo dar voz a los que nunca la han tenido… Abajo, uno de sus compañeros le gritó una broma, King sonrió, esa sonrisa disolvía en un instante la violencia del mundo. Levantó la mano en gesto de saludo y entonces un estruendo, un solo disparo preciso, frío, letal. Una bala le atravesó la mejilla derecha, le destrozó la mandíbula y penetró en su médula espinal… Su cuerpo se desplomó como un roble antiguo y en la historia su figura se agiganta. Hace 57 años, el sueño de Martin Luther King Jr., fue brutalmente interrumpido, no por la violencia de su alma, sino por la violencia de un mundo que no estaba dispuesto a escuchar. Su voz, que antes resonaba en los pasillos de la justicia y la esperanza, se apagó en un trágico suspiro, pero su legado sigue vivo, ardiendo en las conciencias de aquellos que aún creen que el amor es la única vía para transformar el odio. «Yo tengo un sueño», pronunció King un 28 de agosto de 1963, en un momento histórico que se elevaría por encima de las tinieblas del racismo y la discriminación. «Un día, esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: sostenemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales». En esas palabras se condensaba la esencia de él que vio en su país una posibilidad infinita de justicia, una América donde la raza no fuera un límite, donde la libertad no tuviera color ni clase.

El sueño de King fue mucho más que una promesa de igualdad para los afroamericanos. Fue un manifiesto de dignidad humana, un llamado a la hermandad sin fronteras. En sus visiones de una sociedad más justa, Martin Luther King Jr., imaginaba un mundo donde el odio se disolviera en la comprensión, y donde las barreras construidas por el miedo y el prejuicio cayeran como un castillo de arena arrasado por el viento. Sin embargo, como ocurre con todos los sueños, los desafíos no tardaron en aparecer. La historia, esa cruel maestra, nos recuerda con frecuencia que los avances logrados se ven amenazados cuando el odio se resucita. Hoy, más de medio siglo después, los ecos de la lucha de King resuenan con una intensidad desconcertante, pues el miedo y la intolerancia regresan a escena, arropados en nuevas formas de discurso.

En un tiempo donde Estados Unidos parecen haber vuelto a un ciclo de desprecio hacia lo que es “extranjero”, las palabras del presidente Donald Trump han avivado la llama de un nacionalismo que recuerda a las viejas divisiones de su país. Trump no solo ha desafiado las leyes de inmigración, sino que ha promovido un odio sistemático hacia los que llegaron buscando un refugio, hacia los que soñaban con un futuro mejor. Y, sin embargo, en el rostro de esta injusticia, el sueño de Martin Luther King Jr., no se apaga. Al contrario, cobra más fuerza. La lucha por la justicia social no ha terminado, y el horizonte sigue pidiendo una transformación profunda de nuestro entendimiento sobre lo que significa ser humano.

King también dijo: «La oscuridad no puede sacar la oscuridad; solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar el odio; solo el amor puede hacerlo». Esta reflexión se torna crucial en nuestros días. El odio nunca será la respuesta, aunque el mundo siga empeñado en ponerle más combustible. La respuesta es la justicia, y esa justicia se encuentra en la compasión, en la generosidad, en el amor que trasciende fronteras.

Hoy, más que nunca, necesitamos abrazar la humanidad de los otros, reconocer que los migrantes no son amenazas, sino seres humanos que buscan lo mismo que King soñó: la oportunidad de ser tratados con dignidad y respeto. Las palabras de Martin Luther King Jr., pronunciadas en su famoso discurso en Washington, se presentan como un faro en la noche oscura de la intolerancia. Este sueño sigue vigente, y hoy más que nunca necesitamos recordar que la lucha de King no fue solo por los afroamericanos, sino por todos aquellos que son oprimidos por las estructuras del miedo, la división y el odio.

Si la historia nos ha enseñado algo, es que los sueños no se cumplen sin sacrificios. Pero también nos ha enseñado que la luz de una idea justa nunca se extingue por completo. El 4 de abril de 1968 quedó inscrito para siempre; la voz de Martin Luther King Jr., nunca será un eco en el abismo de olvido.

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