«El teatro es poesía que se sale del libro para hacerse humana.»

Federico García Lorca

Cada 27 de marzo se celebra el Día Mundial del Teatro, una fecha que nos invita no solo a conmemorar la existencia de este arte milenario, sino a reflexionar profundamente sobre su función en nuestras vidas y su importancia como manifestación viva de la cultura. El teatro, más allá de ser un espectáculo, es un acto profundamente humano: es el espacio donde las emociones, los conflictos, las ideas y las esperanzas de una sociedad se representan en carne viva. En México, este arte ha florecido en diversos momentos de la historia, ha tenido cumbres memorables y también etapas de resistencia, pero siempre ha sido una llama encendida, un espejo que devuelve la imagen del alma colectiva.

Hablar de teatro es remontarnos a los orígenes mismos de la civilización. Nació como un ritual, como una necesidad de explicar lo inexplicable, de vincular al ser humano con lo divino, con lo natural, con lo espiritual. Desde las tragedias griegas hasta los rituales prehispánicos en Mesoamérica, el teatro ha sido una forma de comunión. Es, en esencia, un acto comunitario: se necesita al menos un cuerpo en escena y un ojo que lo mire. El teatro es presencia, es tiempo compartido, es experiencia inmediata que no puede repetirse nunca igual. Por eso, es profundamente político, social y emocional.

En México, el teatro tiene una historia rica y multifacética. Desde los autos sacramentales del periodo colonial hasta las expresiones del teatro moderno y contemporáneo, hemos vivido épocas de esplendor que marcaron un antes y un después. Una de las más memorables fue la época dorada del teatro del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), cuando esta institución apostó por el arte como parte esencial del bienestar social. En los años sesenta y setenta, el IMSS no solo construyó teatros en todo el país, sino que también promovió puestas en escena de altísima calidad, accesibles al público, obras como: El gesticulador de Rodolfo Usigli, Los cuervos están de luto de Hugo Arguelles, o las inolvidables

interpretaciones de María Rojo, Ignacio López Tarso y Ofelia Guilmáin, marcaron una época donde el teatro era parte del tejido cotidiano de la vida mexicana.

Hoy, en medio de un mundo hiperconectado, pero emocionalmente desvinculado, el teatro vuelve a recordarnos algo esencial: la necesidad de mirar al otro a los ojos, de escuchar historias que no son nuestras y, sin embargo, nos pertenecen. Es urgente volver al teatro, regresar a ese espacio íntimo y colectivo donde aún es posible el asombro. El teatro es, también, una forma de resistencia frente al ruido digital, frente a la prisa, frente a la banalidad. Volver al teatro es, entonces, una forma de regresar a nosotros mismos. No hay nada comparable con la experiencia de ver a un actor y a una actriz entregar el alma en escena, de sentir cómo una historia se vuelve carne en el cuerpo de alguien frente a ti. El teatro nos recuerda que seguimos vivos, que seguimos sintiendo, que aún podemos conmovernos, reírnos, indignarnos y soñar en colectivo.

El teatro necesita de su público, nos necesita a todas y todos. No porque esté muriendo —el teatro siempre renace—, sino porque lo que se representa en escena no tiene sentido sin alguien que lo reciba. Este 27 de marzo, celebremos el teatro y, más aún, vivámoslo. Volvamos a sentarnos en la oscuridad de una sala para permitir que, por una hora o un poco más de tiempo, alguien nos muestre la luz. Mientras haya teatro, habrá esperanza.

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