A propósito de un centenario, el del conflicto religioso, de la suspensión del culto público y de la cristiada, la lucha armada de un buen número de católicos, me pregunto, como para cualquier aniversario: “¿conmemorar o no conmemorar?”. David Rieff me decía hace poco que la memoria colectiva no es un imperativo moral, sino una opción. En Francia inventaron de manera errónea “el deber de memoria”. La memoria histórica puede ser tóxica y, a veces, lo correcto es olvidar. Voy a traducir, mal qué bien, la opinión del gran Paul Valéry: La historia es el producto más peligroso que haya elaborado la química del intelecto. Sus propiedades son bien conocidas. Hace soñar, emborracha a los pueblos, les engendra falsos recuerdos, exagera los reflejos, mantiene abiertas sus viejas heridas, los atormenta en su descanso, los conduce al delirio de grandeza o al de la persecución, y vuelve las naciones amargas, soberbias, insoportables y vanas.
Confieso que temo que tenga razón para el centenario de nuestro conflicto religioso, el cual engloba a la cristiada, pero es mucho más que la cristiada. No tardaré en decirles porque escribo cristiada con c chica, pero primero déjeme decir que el conflicto remonta al siglo XI cuando en Europa se enfrentaron el Papa y el Emperador, conflicto modernizado en la forma Iglesia y Estado. Lo tenemos durante los tres siglos de la Nueva España y en el México independiente de 1821 hasta 1938 cuando el noble don Lázaro (Cárdenas) dio a nuestros antepasados la paz religiosa.
Hoy escribo “la cristiada” con minúscula porque me enseñó Cristóbal Acevedo, hijo de cristero, que ellos, los cristeros, la escribían con mayúscula. La Cristiada, así, con mayúscula es referencia directa a Cristo. Quizá por ello la escribían con C, Ellos, sin duda, hicieron su guerra para defender “Su” religión, la de Cristo. Cuando escribo “la cristiada”, es en referencia a los cristeros, a los cuales dediqué mi estudio: “A Aurelio Acevedo y a los compañeros de la imposible fidelidad.”
A cien años de distancia, hay que ser generosos con todos los actores de la tragedia. En el gobierno del presidente Calles, o al servicio del Estado, había católicos importantes como Alberto Pani, como Manuel Gómez Morín, fundadores de instituciones, el general Manuel Ávila Camacho, que se casó clandestinamente por la Iglesia y advertía a los cristeros de no encontrarse en tal lugar porque mañana iba a salir en expedición; muchos gobernadores callistas no aplicaron las leyes que acorralaban a los católicos y, en acuerdo con sus obispos, evitaron el recurso a las armas. Muchos obispos, por cierto, no estaban a favor de la lucha armada y en Roma, en el gobierno supremo de la Iglesia católica, imperaban la división y la confusión. Además, y aquellos no aparecen en mi historia de la guerra, fueron incontables los católicos, de todas las clases sociales, de todas las edades, mujeres y hombres, que lucharon pacíficamente para defender a su fe. Así que falta todavía mucho por estudiar. Sigo siendo ignorante, como Plutarco Elías Calles, cuando confesó a un familiar: “No sabía que en cada hogar mexicano estaba una virgen de Guadalupe. De saberlo, no hubiera hecho lo que se hizo”.
Nosotros sabemos más, sin saberlo todo, sin entenderlo todo. Sabemos lo suficiente para no permitir que la conmemoración del centenario del conflicto religioso sea motivo para dividirnos, engendrar falsos recuerdos, reabrir viejas heridas. No vayan a desenvainar espadas unos nostálgicos de las guerras civiles y deseosos de un régimen teocrático; que no salten a la palestra, frente a esos ayatolas, los discípulos de un rancio anticlericalismo que no tiene más razón de ser. Hay que recordar para no repetir, recordar para hacerles justicia a todos los contrincantes de los años 1925-1938 y explicar que la encíclica de 1925 que instaura la festividad de Cristo Rey, lo define como “Príncipe de la Paz”.
Historiador en el CIDE
dft

