No fue noticia espectacular, si bien fue noticia que tiene su importancia: el papa León XIV, nuestro papa latinoamericano, ciudadano peruano que ha peregrinado varias veces a nuestro santuario de Chalma en su calidad de agustino, encontró al patriarca de Constantinopla, Bartolomeo, a fines del año pasado. Fue su primer viaje al extranjero desde su elección instantánea al papado. En mi La Gran Controversia he contado la historia del desgarre de la cristiandad hace mil años y del largo desencuentro entre católicos y ortodoxos. El presente encuentro ocurrió sesenta años después del primer paso hacia la reconciliación, cuando el patriarca Atenágoras, un gigante, abrazó al delgado y frágil papa Pablo VI, el 7 de diciembre de 1965. Entonces, Pablo y Atenágoras expresaron cuanto “lamentamos y borramos de la memoria y de la Iglesia las sentencias de excomunicación (recíprocas, en 1054) y mandamos esas excomunicaciones al olvido”.
Cada papa —Juan Pablo, Benedicto, Francisco— ha visitado al patriarca: Atenágoras, Demetrios, Bartolomeo, en su residencia de Estambul-Constantinopla. Cada año, en algún momento, los católicos rezan por la unidad de la Iglesia de Cristo, pero dudo que sepan bien de qué se trata. Desde 1965 deberían saber que nunca hubo un verdadero cisma entre las dos grandes Iglesias, nada de herejía, por más que, durante siglos, católicos y ortodoxos se hayan insultado como “cismáticos” y “herejes”. Eso sí, las Iglesias habían dejado de encontrarse en “comunión”. ¿Por qué?
Causa o pretexto, el asunto fue la inserción de una palabra en el Credo realizada por el papa Benedicto VIII en 1014. ¿Cuál terrible y explosiva palabra? Filioque, “y el Hijo”. En el Credo, redactado hace 1,700 años, en el año 325, durante el Concilio ecuménico de Nicea, se dice, a propósito del Espíritu Santo: “que procede del Padre”. Sin más. Aquel papa, bien intencionadamente, para subrayar la importancia de Cristo, puso “que procede del Padre y del Hijo"… Ardió Troya. Unos días antes de viajar a Constantinopla, el papa León publicó su encíclica In Unitate Fidei. ¿Quién lee las encíclicas? ¿Por qué no se presentan brevemente en misa, en lugar del soso sermón? En aquel documento, León cita el Credo sin “Filioque” y precisa en nota de pie de página: “La expresión ‘y procede del Padre y del Hijo’ no se encuentra en el texto original; fue insertada en el Credo latino por el papa Benedicto VIII en 1014 y es objeto del diálogo ortodoxo-católico.”
Al afirmarlo oficialmente, el Papa pone fin a 1012 años de controversia que agravaron la creciente y profunda división entre las dos Iglesias. En la oración común, celebrando en Constantinopla el aniversario del Concilio de Nicea, el patriarca y el Papa, en presencia de representantes de varios patriarcados (Alejandría, Antioquia, Jerusalén) y de todas las Iglesias ortodoxas orientales, y del mundo protestante, rezaron el Credo sin el Filioque. Esa palabra nunca fue lo que los teólogos llaman un dogma, pero ¡cuánto daño hizo! El camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones. Por cierto, Juan-Pablo II, visitado en Roma por el patriarca Demetrios, había rezado con él el Credo sin “Filioque”.
Sin embargo, en las hojas que usan los fieles mexicanos el domingo, el Credo sigue con la palabrita aquella. Nuestro clero ha de ignorar que por lo menos desde el año 2000, si no es que antes, la Comisión del diálogo ortodoxo-católico, ha recomendado el uso, en la Iglesia Católica Romana, del Credo en su versión original, anterior a la inserción.
Historiador en el CIDE

