Esperé con especial interés la minuta de la decisión de política monetaria del 7 de mayo del Banco de México, no por un afán de opinar sobre la decisión en sí, tarea que ya ha sido realizada de manera detallada por numerosos analistas del sector privado. Más bien mi objetivo era entender las motivaciones que llevaron a las personas integrantes de la Junta de Gobierno a votar por reducir o dejar inalterada la tasa de interés de política monetaria.
Me parece pertinente empezar ubicando el tema en su debido contexto. Como resultado de un crecimiento económico paupérrimo, no existen en México en este momento presiones de demanda sobre los precios. Bajo estas circunstancias, la inflación en el país está siendo determinada por una serie de choques de oferta, a lo que se añade la presencia de una considerable inercia en la fijación de los precios.
¿Cuáles son esos choques de oferta? En resumen, el aumento de los precios de los hidrocarburos y otros productos resultado del conflicto en el Golfo Pérsico, incrementos salariales, fluctuaciones en los precios de diversos productos agrícolas, medidas fiscales implementadas a principios de 2026 y ajustes en algunos aranceles.
Las personas que conforman la Junta de Gobierno consideran que el más preocupante es el choque derivado de la guerra en Irán, a lo que una de ellas agrega el alza salarial. Casi todas descartan un riesgo importante de las acciones de política fiscal de principios de 2026, bajo el supuesto, muy arriesgado creo yo, de que no se van a repetir el año entrante. Y la Junta es de la opinión de que ni las fluctuaciones de los precios de los productos agropecuarios ni las medidas arancelarias deben ser motivo de preocupación.
¿Qué debe hacer la política monetaria bajo estas circunstancias? La recomendación estándar es asegurar que no haya efectos de segundo orden, es decir, que las alzas derivadas de los factores señalados no contaminen a otros precios en la economía. El indicador más relevante es el de las expectativas de inflación de largo plazo. Por muy buenas razones, la Junta de Gobierno suscribe este enfoque.
A partir de aquí encuentro una situación que me parece curiosa. Las expectativas de inflación de largo plazo se estiman con base en encuestas entre analistas del sector privado, y con la información proporcionada por los rendimientos nominales y reales de valores gubernamentales. De particular importancia a este respecto es la información que publica Banxico sobre la compensación por inflación y riesgo inflacionario derivada de dichos bonos. El punto es que tanto las expectativas estimadas con encuestas como este último indicador muestran una tendencia alcista.
Como señaló durante la referida reunión una de las personas que componen la Junta de Gobierno, el promedio histórico de las expectativas de inflación de largo plazo es de alrededor de 3.5%. Según la información publicada por Banxico, la cifra derivada de encuestas aumentó a 3.6% a partir de septiembre de 2025, ubicándose en la más reciente en 3.7%. En el caso de la encuesta que publica Citibank, aunque con un periodo diferente, las expectativas de inflación de largo plazo se incrementaron a 3.6% en octubre de 2021 y a 3.8% a partir de abril de este año.
El anexo de la minuta de la reunión de política monetaria de mayo contiene información sobre la compensación por inflación y riesgo inflacionario implícita en las curvas de rendimiento de valores gubernamentales. Según esta fuente, dicha compensación muestra una tendencia al alza desde el tercer trimestre de 2025, misma que ha sido especialmente marcada en el caso de los bonos a 3 y 30 años.
Aunque esta información lleva a concluir que estos son efectos de segundo orden sobre los precios, la mayoría de la Junta de Gobierno no lo ve así, ya sea porque consideran que la magnitud del incremento es limitada, porque atribuyen el alza a choques externos transitorios, o por una combinación de ambos factores.
La minuta es muy clara en que la Junta de Gobierno no tiene la intención de llevar a cabo recortes adicionales de la tasa de interés de referencia. Sin embargo, la pregunta lógica es si la postura actual de política monetaria será suficiente para llevar la inflación a la meta de 3% en el plazo pronosticado por Banxico, y para regresar las expectativas de inflación de largo plazo cuando menos al nivel de 3.5% en el que se mantuvieron durante un periodo prolongado.
Estos objetivos pueden parecer poco importantes, sobre todo comparados con los problemas que se observan en nuestra economía en otros ámbitos, como el fiscal o el del crecimiento económico. No lo son. Con una inflación de 4.1% y las expectativas de largo plazo en 3.7-3.8% y con riesgo de aumentar, la desviación frente a la meta de 3% es preocupante.
Además, no debemos olvidar que el principal activo de Banxico no son sus reservas internacionales, sino su credibilidad. Y esta depende del compromiso de la institución con el cumplimiento de su mandato prioritario, expresado a través de la meta de inflación. También es importante tener presente que ante los retos que enfrentan las finanzas públicas, es probable que la responsabilidad del Banco de México como ancla de estabilidad en la economía aumente considerablemente en los próximos años. El cierre del silogismo, en uno u otro sentido, es muy fácil de construir.

