Las antiguas gestas se resolvían en la penumbra, a punta de armas. Así se disputaban los reinos. Hoy las contiendas son públicas y a plena luz del día, a la vista de todos. Aquí se esgrimen palabras para controlar la percepción del mundo. La recompensa es inmensa: la opinión pública.
El lenguaje construye una percepción de los momentos políticos. No describe: sustituye. Fija marcos, instala emociones, define qué debe considerarse “normal”, “grave” o “histórico”.
La reciente operación de seguridad en la que fue abatido un líder criminal de alto perfil abrió un nuevo frente en esta disputa narrativa. No solo por el hecho en sí, sino por la velocidad con la que distintos actores intentaron apropiarse de su significado. En México, cada acontecimiento de alto impacto se vuelve inmediatamente un territorio semántico en disputa.
Mientras algunos sectores presentan el operativo como un “golpe espectacular” o un “punto de inflexión”, otros lo enmarcan como un episodio más dentro de una estrategia continua. Son dos marcos lingüísticos que buscan fijar un sentido común. Ninguno describe la totalidad de los hechos: ambos compiten por definirlos.
Las expresiones políticas funcionan así: no describen la realidad, la moldean. Convierten en lugares comunes frases que, repetidas, se vuelven verosímiles. En torno al operativo, ciertos discursos recurren a expresiones que diluyen su significado: “otros países al mando”, “ausencia de instituciones clave”, “silencio estratégico”. Son metáforas que buscan instalar la idea de que el acontecimiento no es propio, no es completo o no es transparente. El lenguaje como ingeniería emocional.
A la par, desde el poder se emplean expresiones que engrandecen el suceso: “lo que nunca se había hecho”, “un golpe al criminal más poderoso del mundo”, “operación quirúrgica”. Son fórmulas que buscan fijar el acontecimiento como un logro excepcional y, con ello, controlar el marco interpretativo.
El filósofo Antonio Gramsci previó: “El lenguaje se convierte en hegemónico cuando penetra mayoritariamente en la sociedad.” Y aquí hay dos proyectos lingüísticos en curso.
Por un lado, quienes buscan fijar un combate sin precedentes, por el otro fijar que la acción es controvertida y sospechosa. La muerte de un líder criminal se vuelve entonces un catalizador narrativo: cada actor intenta absorber el acontecimiento dentro de su propio marco.
Así vivimos un caso de doble manipulación: unos asumen la inminente desaparición del cártel más peligroso mientras otros diluyen la acción y su impacto. En esta batalla, no gana quien tiene la razón, sino quien logra que su marco lingüístico parezca sentido común.
En México, incluso los hechos que parecen hablar por sí mismos —como la caída de un líder criminal cuya figura dominó titulares durante años— terminan convertidos en materia prima para la disputa semántica. No hay acontecimiento que escape a la lucha por el relato. Cada actor intenta apropiarse del significado del suceso: unos lo presentan como prueba de fortaleza institucional; otros lo reducen a un episodio aislado; algunos lo usan para amplificar fracturas; otros para reafirmar cohesión. El hecho se vuelve símbolo, y éste se transforma en arma.
Así opera la política contemporánea: no se compite solo por gobernar, sino por nombrar. No se disputa únicamente el territorio, sino el sentido. La verdadera batalla ocurre en el lenguaje, donde cada palabra busca fijar una interpretación y desplazar a la contraria.
Por eso, en esta contienda no triunfa quien posee la verdad factual, sino quien logra que su marco lingüístico se vuelva el aire que todos respiran. La hegemonía ya no se conquista con espadas ni con gestas nocturnas, sino con la capacidad de convertir una narrativa en sentido común. Y en ese terreno —el de la percepción, el de la palabra, el de la interpretación— se juega hoy el poder.

