El arresto del expríncipe Andrew que se dio ayer en Inglaterra marca un momento inédito para la monarquía británica y para la discusión pública sobre poder e impunidad. Y es que este caso no se trata únicamente de un nuevo capítulo en la saga de Jeffrey Epstein, sino de un tema más profundo: el tema de cómo operan las redes de corrupción cuando el intercambio no es monetario, sino de acceso a ciertos espacios, información, protección y cuerpos.
Según la información publicada el día de ayer, el arresto del expríncipe Andrew no se basó en acusaciones previas de delitos sexuales, sino en un abuso de sus funciones cuando era enviado comercial del Reino Unido. Esta información es clave y trágica a la vez. En este momento, lo que observamos es un caso en el que el capital vuelve a tener preponderancia sobre el cuerpo y la vida de las mujeres. Para decirlo de otra manera: por el momento, no estamos ante una acusación por el posible abuso sexual de menores o el tráfico de personas, sino ante una investigación de abuso de funciones en temas comerciales.
Durante años, la discusión pública sobre Andrew giró en torno a su relación con Epstein y a una demanda civil presentada en Estados Unidos por Virginia Giuffre, una de las víctimas más importantes en este caso, el cual terminó en 2022 con un acuerdo extrajudicial. Este acuerdo cerró un litigio que planteaba acusaciones graves de abuso sexual cuando la denunciante era menor de edad. A pesar de las continuas negaciones públicas de Andrew respecto a este caso y la evidencia presentada, el tema nunca desapareció del todo.
La red de Epstein y sus distintos intercambios
Epstein no operaba en solitario. Su influencia no se explica únicamente por su dinero mal habido, sino por su capacidad de conectar a personas influyentes: políticos, empresarios, académicos, financieros. Lo que ofrecía no era solo capital económico, sino también acceso a ciertos círculos, exclusividad, información, etc. Aquí es donde el concepto tradicional de corrupción se queda corto. Y es que estamos acostumbrados a pensar en la corrupción como un intercambio monetario: contratos públicos a cambio de pagos ilícitos. Pero en muchas ocasiones, el intercambio puede adoptar otras formas. Invitaciones a fiestas privadas. Presentaciones estratégicas. Contactos con actores clave. Y, en el caso más perverso, acceso a mujeres y menores explotadas.
Corrupción sexual: qué es y por qué urge ampliar este concepto
Lo que este caso obliga a repensar es el tema de la corrupción sexual. Es decir, situaciones en las que una persona en una posición de poder utiliza su poder para obtener favores sexuales. El poder público otorga legitimidad y credibilidad, y el acceso a ellas puede convertirse en moneda de cambio para actos ilícitos. La corrupción sexual no siempre deja rastros contables o visibles en balances financieros, pero sí en la vida y psique de las víctimas. Aquí es donde es importante recordar que Virginia Giuffre murió por suicidio y el innumerable recuento de daños físicos y psicológicos reportados por las víctimas de Epstein. Otro tema a destacar en este caso es la forma en que la corrupción sexual ha sido tipificada en muchos países en los que se responsabiliza a las víctimas de ofrecer favores sexuales, sin entender que muchas veces son obligadas a hacerlo.
Impunidad estructural: la falla en los sistemas de justicia en temas de violencia de género
Otro elemento que no puede ignorarse en este caso es la impunidad. Las primeras denuncias por violación de menores de Epstein se remontan a los años noventa. Durante décadas, múltiples testimonios de niñas y mujeres no lograron ninguna reacción institucional que pudiera proteger a otras víctimas. El hecho de que hoy estemos hablando de un arresto vinculado a un abuso de funciones, y no directamente de tráfico de personas y de delitos sexuales que dieron origen al escándalo, revela algo trágico: la forma en que los sistemas de justicia responden con mayor claridad cuando se cuestiona el uso indebido del poder institucional en temas comerciales que cuando se denuncia la violencia sexual.
Más allá de la realeza
El arresto del príncipe Andrew es históricamente significativo. Pero reducirlo a la caída individual de una figura pública resulta insuficiente. Lo que está en juego es comprender cómo se construyen y se sostienen estas estructuras de poder. Las redes de compadrazgo no se tejen solo con dinero. Se tejen con favores, con promesas, con acceso privilegiado. Y, en algunos casos, con la cosificación sistemática de las mujeres como instrumento de cohesión entre hombres poderosos.
Este no es un caso aislado. Es un espejo de las realidades que se viven en muchos países. Y también obliga a revisar cómo definimos la corrupción, cómo investigamos los abusos de poder y cómo protegemos o descuidamos a quienes denuncian. Si algo revela este caso es que la impunidad rara vez se rompe de inmediato. Pero también que, cuando finalmente se fractura, deja al descubierto no solo a un individuo, sino a toda una serie de vidas interrumpidas y rotas de mujeres. Tragedias que podrían haber sido prevenidas si les hubieran creído y las hubieran tomado en serio desde el principio.
Especialista en temas anticorrupción. @itelloarista

