¿Qué hizo a Casandra: su habilidad o su desafío? Esta semana nos enteramos de una serie de acusaciones graves contra César Chávez, el gran líder sindical de Estados Unidos en las décadas de los sesenta y setenta. Las denuncias que emergen no sólo son serias por la edad de las víctimas al momento de los abusos, muchas de ellas menores de edad, sino por un patrón que se repite en todos los casos: el silencio impuesto a quienes las vivieron. Este caso duele no solo por el peso de la figura de Chávez en los movimientos sindicales de Estados Unidos y América Latina, sino porque refuerza una idea cada vez más difícil de ignorar: que detrás de muchos de los hombres que han pasado a la historia existe una historia paralela de violencias contra mujeres, guardada cuidadosamente fuera del relato oficial.

En este contexto conviene traer también el caso de Jeffrey Epstein y los mecanismos que se imponen a las víctimas de violencia de género a manos de hombres con poder mediático, social, político y económico. Pero igual conviene ampliar el lente e ir mucho más atrás: a la historia de Casandra en la antigüedad. Casandra fue la mujer castigada por Apolo con la condena de no ser creída ni escuchada, de decir la verdad y de que el mundo la procesara como delirio.

Lo que le ocurrió a Casandra no nació con ella. Los romanos tenían una diosa llamada Tacita Muta, a quien Júpiter arrancó la lengua por hablar demasiado. La convirtieron en símbolo sagrado: divinizaron el silencio femenino para que nadie tuviera que justificarlo. En el medievo, hablar podía costarte la hoguera. En el siglo XIX, la medicina lo llamó histeria y el tratamiento era el reposo total: prohibición de leer, de escribir, de pensar. Cada época inventó un nombre distinto para el mismo dispositivo. El nombre cambia. El cono de silencio, no.

Los conos de silencio que se imponen a las mujeres hoy varían en su forma, pero no en su función. Por un lado, persisten aquellos que obligan a callar las violencias cotidianas. De acuerdo con la última ENDIREH, la mayoría de las mujeres víctimas de violencia de género no reportó los hechos porque consideró que se trataba de algo sin importancia. Lo cual no refleja su realidad, sino lo que el entorno les enseñó a creer sobre ella. Por otro lado, cuando quien abusa ocupa una posición de poder, se produce una vulneración doble y un círculo vicioso: la fama o el liderazgo de esa persona es lo que facilita el acceso a las víctimas, y ese mismo elemento es el que después impide la denuncia pública. El poder abre la puerta y luego la cierra.

Conviene aquí distinguir dos figuras. El cono de silencio se forma sólo, por sedimento cultural, sin que nadie tome una decisión consciente. El cono de castigo se construye activamente: destruir la credibilidad de quien habla, aislarla, hacer que el costo de denunciar sea tan alto que sirva de advertencia para las demás. El primero es consecuencia de una cultura. El segundo es una decisión.

No quiero equiparar los casos de Epstein y Chávez; difieren profundamente en escala, contexto y tipo de poder, pero sí quiero señalar lo que tienen en común: ambos sostuvieron sus abusos sobre la arquitectura de un templete construido a su medida. En el caso de Epstein, su red de poder económico y sus contactos globales sirvieron para violentar a niñas y mujeres y obligarlas a callar. En el caso de Chávez, fue el peso moral de la lucha sindical: hablar significaba traicionar al movimiento, dar armas a los enemigos de los jornaleros. Los cuerpos de esas mujeres fueron, en ambos casos, el costo que el sistema consideró aceptable. Creemos en la justicia de las causas más fácilmente que en el testimonio de las mujeres que las habitaron.

La historia de Casandra se vuelve aquí un ejemplo trágico y preciso. Lo que le ocurrió no fue solo que nadie la creyera: fue que su voz fue sistemáticamente reencuadrada como locura. Ese mecanismo no pertenece a la mitología. Vive en cada estructura que procesa la denuncia de una mujer como exageración, como venganza, como inestabilidad.

Lo que queda, al final, es una pregunta que nos corresponde como sociedad: ¿cómo hemos aprendido a convivir con estos conos de silencio, a normalizarlos, a reproducirlos? Porque mientras sigamos pidiendo a las mujeres que aguanten una serie de violencias para tener un lugar en el mundo público, y al mismo tiempo las amenacemos con el silencio si se niegan, seguiremos repitiendo la misma condena que Apolo le impuso a Casandra. Solo que esta vez no es un castigo divino. Es una elección social.

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